Muchos de ustedes me han comentado que sería lindo leer otro tipo de cosas escritas por mí, como ficciones, poemas, ensayos… en fin. Van a tener que esperar, puesto que si sigo pasando por situaciones como las que pasé ayer, jamás dejaré de ser la verborrágica egoblogger que ustedes conocen.
La otra noche, a falta de algo mejor que hacer, me metí a un website especialmente diseñado para los empleados de la empresa para la que trabajo. Dios, cuántos beneficios por ser una de esas afortunadas asalariadas del headset. Entre ellos había uno más que prometedor, que consistía en el trámite de una tarjeta de crédito con amplias prestaciones. Entre esas prestaciones, se enunciaba un descuento del 50% en los boletos de subte por un año. Los que viajan todos los días conocen que la suma de noventa centavitos de ida y de vuelta, durante toda la semana, a lo largo de un mes, es realmente una carga para el bolsillo; entenderán entonces mi entusiasmo al dirigirme a tramitar la bendita tarjeta al salir del trabajo.
Cabe aclarar que mi entusiasmo en realidad estaba algo limitado por haber pasado una mañana difícil. Me había levantado con la garganta irritada, con desgano, a raíz de lo cual mi desempeño en el trabajo fue pobre. Y sumémosle que un par de días antes me cayó un error en una evaluación, con el impacto suficiente para arruinar la comisión por la que tanto peleé. Frustración fue mi segundo nombre el día que lo supe. No obstante, la noticia del posible descuento y su rápida obtención alcanzaron para hacer que mi ánimo repunte y fui a por ello.
Recibo de sueldo y documento de identidad en mano, me dirijo a la simpática recepcionista vestida de rojo y le digo: ‘Hola. Estoy interesada en adquirir la tarjeta’. Indicóme que aguarde a que se desocupe una de ‘las chicas’, y me senté. ¡Qué cosa! Me puse a pensar en que despotriqué toda la vida contra las tarjetas de crédito; las llamé grilletes desde que tengo la capacidad de entender su funcionamiento, y de pronto heme ahí, seducida por un descuento, traicionando mis ideales sobre el uso del dinero en efectivo. Sentí un ápice de vergüenza, nublado por el hecho de que realmente no pensaba usar el crédito sino la tarjeta como pase para viajar en subte. Me puse a borrar los mensajes de texto de mi celular (se estaban acumulando en cantidades industriales), y en medio de la labor observo acercarse con lentitud a un guardia de seguridad que me pide, con muchísima amabilidad, que guarde el aparato. Con igual amabilidad le pido disculpas por mi pecado mortal e internamente ofuscada, lo guardo. Y me dediqué a mirar el techo hasta el bendito momento en que ‘la chica’ me llamó para empezar a tramitar mi hermosa tarjeta de crédito con magníficos descuentos y beneficios.
Por supuesto, lo primero que hago es mencionar que soy empleada de esa empresa que tapiza los subtes con publicidades baratas y mal escritas. Presenté mi recibo de sueldo, y la mueca que ‘la chica’ hizo a continuación me hizo pensar que algo no andaba bien. En efecto, dicha promoción maravillosa ya no tenía validez. Desde hacía meses atrás.
Me invadió la sensación de desengaño (algo similar a lo que sentimos cuando descubrimos que esa persona que tanto queríamos no era tan maravillosa como parecía). No sólo no comisionaría, sino que el único beneficio que me interesaba tener de la empresa por el mero hecho de pertenecer a ella no aplicaba; era una mentira vil y alevosa. Imagínense si se me ocurriera ir a uno de esos restaurantes confiada en la existencia de un descuento o beneficio, y que en realidad este no exista. ¡Qué bochorno! Después tratá de volver a ese lugar… quedás etiquetado como el telemarketer pobretón que quiere manotear cosas gratis de donde puede.
Volviendo a la sillita del local de servicios financieros, decido ocultar mi rabia y proseguir el trámite. Después de todo, necesitaba la tarjeta para viajar en subte, por comodidad. Y por sobre todas las cosas, para asegurarme los viáticos de acá a fin de mes y evitar gastarme la plata. Jejeje. Además, quién sabe, una tarjeta de crédito podría ayudar en mi casa a la hora de hacer compras en el supermercado, o de algún electrodoméstico…
‘La chica’, después de terminar el papeleo, me dijo que tenía que esperar un ratito para que evaluasen mi historial financiero para determinar si era elegible para obtener la tarjeta. Aproveché el tiempo para ir a comer a Mc Donalds, uno de mis combos favoritos: el Pechuga Crispy Bacon, que consiste en un trozo de pechuga de pollo frito, con panceta, lechuga francesa, queso Dambo (o parecido) entre dos panes integrales. De las mejores chatarras que he comido. Llena y, por consecuencia, feliz, regresé al local media hora más tarde para comprobar el estado de mi trámite.
Hete aquí que el ser tan joven y no tener historial de movimientos financieros hace que una saque un ’score’ bajo a la hora de calificar para una tarjeta de crédito. Sí calificaba para préstamos. Pero, ¿de qué préstamos me estás hablando, Willis? Sólo quería una condenada tarjeta de subte con un adicional de prestaciones financieras que no pensaba usar. Canejo.
‘La chica’ me explicó que la solución al problema de no calificar se solucionaría en 48 horas, pero sin dejarla continuar le pedí que cancelara mi petición. Ofuscada y frustrada, salí pisando los talones tan fuerte que estuve a punto de encontrar yacimientos petrolíferos en Perú y Rivadavia. Zambúllome en la boca de subte de la línea D, estación Catedral, para consultar en boletería:
‘Disculpame. ¿En qué estación puedo sacar la Monedero?’
La persona que me contestó enunció unas cuantas estaciones, entre las que reconocí la llamada ‘Agüero’. Opté sin razón alguna por ésa estación. Allí me dirigí, confiada en que finalmente lograría mi cometido.
No puedo explicarles la cantidad de voltios que emití por los ojos al momento en que, consultando por el trámite en la estación Agüero, me dijeron sin piedad:
‘No, mami. Callao o Tribunales.’
No detallaré el nivel de grosería de las cosas que dije mientras ascendía a la superficie de la ciudad, sin saber qué hacer para eliminar tanta bronca. Quería llorar, quería golpear gente, quería ingerir sustancias bien destructivas, como paco o bien fumarme un parquímetro o un vendedor de carilinas. Pero nada de eso serviría, nada me daría la tarjeta de subte ahí parada, en Coronel Díaz y Santa Fe, ni tampoco paz. Lo único que podía hacer era cruzar la calle, entrar en el Alto Palermo y pedirle a Juan Carlos Freddo que me dé un helado de crema irlandesa biennnn lleno de licor.
Con paso decidido me acerqué al mostrador y, luego de pagar el cuartito de kilo (que no sé cuánto me salió) revisé la cartelera de gustos, y no vi por ningún lado el que yo quería. Consulté al agradable heladero por mi crema irlandesa y abrió los ojos como platos, mientras me decía que desde hacía más o menos un año que no lo comercializaban más.
Primero mi comisión, luego mi salud, luego mi orgullo financiero, pero… ¿perder mi gusto de helado predilecto?
¿Tan vil fui en esta vida? De existir el Karma, le diría… flaco, te fuiste al cuerno. AL CUERNO.
Realmente, tratándose de una heladería como Freddo, no me lamenté durante mucho tiempo ya que había otros gustos dignos de conformar mi porción, por lo que mi antidepresivo ahora era sabor Chocotorta Freddo y Mousse de Limón. Excelente decisión, debo decir.
Comiendo, más animada, descendí a buscar la boca de subte nuevamente, decidida a obtener la tarjeta en la estación Tribunales. Antes de llegar allí, se me acerca una señorita de traje y me dice la frase más devastadora que he escuchado en mucho tiempo.
‘Hooola, ¿te comento la promoción de Slim? Estamos ofreciendo tratamientos anti flaccidez y celulitis…’
Esto no podía estar sucediendo.
La vida miraba a una Ce perseguida por una nube negra y lluviosa, resfriada, con un par de kilitos de más por una semana de ansiedad oral intensa, financieramente inaceptable, frustrada en todos los aspectos posibles y comiéndose un helado, y siendo injustamente tratada de gorda y fláccida por una promotora principiante sinceramente carente de lo que se llama TARGET.
Estuve a punto de vengarme de mi día diciéndole una mentira a esa pobre mujer. ‘Estem… disculpame, pero estoy bajo tratamiento psiquiátrico por desórdenes alimenticios graves…’. Pero no ganaría nada dándole culpas infundadas. Así que me conformé con un ‘disculpame, pero no tengo tiempo para esto’. Y huí. Devoré el helado con toda la voracidad con la que fui capaz.
Siéntanse felices conmigo de saber que logré finalmente adquirir la tarjeta Monedero en la estación Tribunales, luego de un sencillo trámite. Aunque consideremos que después de todo lo que me hizo pasar el 20 de Mayo, un trámite sencillo para mí era caminar descalza en un sendero de brasas ardientes…
Gracias a Dios pude llegar a casa haciendo uso de mi tarjeta nueva y de la línea 34, siempre tan fiel a mis rutinas desde los 13 años, en que lo usaba para ir al colegio. Y nada más (al menos nada malo ni terrible ni extraordinario) sucedió el 20 de Mayo en Mundo Ce.
Se puede decir que en algún momento adquirí una caja de Pandora, una no muy buena, de segunda marca. Marolio quizás. Y la abrí sin querer el día de ayer, desatando esa serie de sucesos que realmente me dejaron atónita, agotada y a fin de cuentas, risueña. Pensar que hay gente que se queja de tener vidas aburridas. Puedo quejarme de mil cosas de mi vida, pero sé que ella jamás pecará de aburrida o monótona.
Hasta la semana que viene, amigos (o quizás no… ).
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