Dejar que los dedos vomiten.
Que escriban sobre las horas que han pasado peinando la cabellera del cuerpo que los alberga, tratando de encontrarle la vuelta a esta cara y a esta figura que pierden la forma de tantas miradas, de tantos análisis. Que atestigüen esa electricidad amarga que se extiende por mi ser, tratando de encontrar respuestas a la vez que trata de espantarlas. Que describan la avidez con que las ventanas del alma observan a los transeúntes y a las estrellas, al punto de hallar la señal guía en una noche constante, filosa, seca y cubierta de polvo y de hartazgo. Que reproduzcan gritos que no aturden a nadie, y describan la sangre que emana de nudillos que quieren encontrar tesoros de calma en las paredes, uñas que escarban la tierra a la que se quiere volver…
Una imagen borrosa se entierra en las retinas, encerrando la mente en sus caminos cerrados. No se da cuenta que no puede salir. Cuando lo hace, golpea con furia, con miedo, con desesperación, bregando a quien la oyere que la saque de su celda gris, con barrotes infranqueables del duro hierro de la terquedad, bañada de esperanzas fútiles y con su maldita cerradura escondida.
Me desconozco a veces.
Sí, en este texto se te desconoce, pero…
qué bien se lee!
Aunque aquello que lo ocasione pueda ser oscuro, con qué precisión y descripción creaste la escena…
Abrazos. Muchos.