Demolición

Todos los informes de seguridad edilicia han llegado a la misma conclusión: esto se viene abajo.

Sin importar cuánto se gaste en mejoras en la fachada, las instalaciones están castigadas por el tiempo, el maltrato y las tensiones eléctricas anormales. Las paredes han soportado todo lo que han podido, pero las pérdidas de agua (extrañamente, agua salada) se ocuparon de humedecerlas al punto de generar una erosión irreversible. Hasta los propios cimientos se han aflojado y vuelto inestables para soportar el peso de la construcción.

Todo lo que habita el interior de este edificio, así como los vecinos y los transeúntes que pasan todos los días junto a él, corre serio peligro si no se toman medidas urgentes.

Hay que demoler.

Demoler las frustraciones, entendiendo que no hay mandato que me afecte si lo que busco es distinto de lo que éste me promete.

Tirar abajo todo lo que pretende devaluarme como mujer solo porque mi moldería es fastidiosamente inédita, siendo quizás esta la mejor muestra de mi invaluabilidad.

Implosionar con violencia, hasta que el núcleo de la Tierra se haga eco, las propias mentiras y amenazas que me mantuvieron encadenada y de lo cual soy la única responsable.

Que no quede nada de lo que me ha convertido en la nada.

Después, sobre las tierras removidas y vacías, eventualmente, empezar una obra nueva, fuerte, pura, única y destinada a tener muchos destinos. Que sea una cocina. Que sea un lugar donde la música resuene potentemente y pinte las paredes de colores nunca vistos. Que sea fragante y nunca esté privada de la luz. Donde los silencios sean como el calor e inviten a una introspección de las que dejan sonriendo, dando gracias por lo que nos rodea. Donde las puertas reconozcan de inmediato a quienes estén verdaderamente deseosos de entrar, y sean invisibles para quienes no sepan cómo lidiar con lo que existe en el interior.

Demoler. Y volver a empezar, pero bien.

 

Rutina

Abro trabajosamente los ojos. No dormí bien. Mis músculos parecen rechinar y resienten los esfuerzos diarios del ejercicio, ese con el que tanto insistieron los doctores que comience de una vez. Giro tratando de recuperar la flexibilidad luego de las horas de pétreas posiciones. La gata trata de volver a acomodarse en la cama y, como reprochando el que la mueva de su huequito, me clava las uñas suavemente.

Lo primero que logro mover con cierta precisión son mis dedos, en dirección a donde dejé el teléfono, casi siempre bajo la almohada. Se dicen muchas cosas sobre esta costumbre, incluyendo palabras como peligroradiación cáncer. No presto atención, porque mi teléfono es también mi despertador y poco sentido tiene tenerlo lejos del alcance de los sentidos. Además, radiación o no, me gusta tenerlo cerca. Es mi ventana al mundo, ¿para qué negarlo? En ese sentir abro Twitter y ahí mismo empieza a mojar mis pies el líquido negro y espeso de la realidad.

En este ritual me transfiguro en una autómata, que necesita estimularse con datos, que reacciona cansinamente ante fotografías y frases ingeniosas, y quizás hasta se emociona con videos de seis segundos de duración. Que encuentra descarga de sus miserias interiores en un tecleo breve y espera la retroalimentación de otros autómatas que, por alguna misteriosa razón, la leen día tras día. Y a las dos horas, ya sintiéndome acalorada dentro de las sábanas y algo avergonzada por mi letargo, me levanto y enfrento el panorama de mi casa desordenada, que cumple -como puede- su rol de hogar. Luego toca alistarme para ir a trabajar y hacer girar la rueda férrea de la rutina, en la que descubro que mi verdadera yo, la que sueña, la que crea, la que se siente viva, hace tiempo que no está invitada.

Gritos

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

Gritamos con las cuerdas de carne

de donde emanan, violentos,

juicios estruendosos, hechos de ira y viento

que dejan un temblor vibrante y absurdo

en el alma del otro.

 

Gritamos con los portazos

con los puños

con el dedo del medio.

 

Gritamos con las teclas, acariciando una pantalla,

con la ironía abriéndose un champán mientras

se ríe de nosotros.

 

Gritamos con nuestra inconstancia

con nuestra desidia

que odiamos lo que hacemos

y no hacemos lo que amamos.

 

Pero también gritamos con los besos

incluso los que

no damos

y se agolpan en el brillo húmedo

de nuestros ojos, como cuando te miro

y se pierde el cómo, el cuándo, el porqué de todo.

 

Gritamos con los latidos, con los temblores, con las mentiras

con las excusas

Gritamos porque somos bestias

como las que entienden, aunque no hablen, aunque no piensen

para qué nacieron y qué las hace plenas.

 

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

Bloqueo

Puedo sentir el calor de las teclas con las yemas de mis dedos tensos.

La imagen, desenfocada, se expande en lo que fantaseo son las paredes de mi cráneo, y como quien exagera al modular para hacerse entender ante un sordo, lucha por conectarse con mis manos. Quiere salir. Quiere bajar estrepitosa por mis dedos como el agua en un grifo abierto del todo.

No pasa nada.

El bloqueo del escritor es una basura. Una basura que hiede peor cuando no te dedicás a escribir y no tenés la necesidad de tipear para vivir. No tenés plazos ni editores que te esperen. No te presiona el instinto de supervivencia. ¿Por qué resolver algo que no es urgente? ¿hace falta ser creativo, existiendo Netflix, Youtube, Twitter, Facebook y la televisión por cable para alimentar las mismas regiones cerebrales?

Titila el cursor en la hoja blanca. Los dedos suben y bajan, pero no se deciden a besar las teclas. Mi corazón late con frustración y la idea golpea las paredes con el puño, abstracta hasta para sí, gritando sin que la entiendan. Es desesperante.

Los que han tenido una actitud silenciosa en la vida ciertamente podrán entenderme.

Por las razones que hayan imperado y que ahora son no más que vapor en mi memoria, fui una niña de pocas palabras. Supongo que la expresividad facial y una temprana predisposición a la lectura y la escritura me hicieron preferir los símbolos escritos antes que los sonidos de la lengua.

Las exposiciones orales fueron y aún son momentos de tropezones y vergüenzas, pero con la tinta y -revolución digital mediante- con el teclado, he logrado traducir las abstracciones de mi mente al castellano más redondo, creando textos capaces de materializar todo lo que soy puertas adentro. Cosa que no es poca cuando detrás de esas puertas poco ostentosas –salvo cuando me maquillo y peino un poco- hay cientos de habitaciones con los más variados contenidos esperando que las aireen. Decenas contienen miedos. En otras tantas moran deseos. Sin curiosear demasiado, notaríamos que algunas de estas puertas están abiertas, y otras se blindan bajo siete llaves; unas pocas esconden crasa devastación y cuesta sostener la mirada. Pero hay habitaciones que están lejos de los ojos del visitante incauto y hasta a veces de la dueña de la casa, en las que habitan impacientes las imágenes, nacidas allí mismo casi con un cuerpo, luz y potencia propias, y que con nervioso entusiasmo claman por esos diez apéndices de carne y sangre que tienen a cargo la misión de liberarlas y llevarlas a otro plano, a ser letras, formas, sucesos. Y a veces, alivio. El alivio que emana al darle voz a los pintorescos habitantes de este conventillo de materia gris. El alivio que, ahora que esto es letra, se expande triunfal dentro mío y me recuerda que sigo siendo -después de todo- la misma de siempre.

La de las letras.

La preeminencia de la queja y la eterna insatisfacción

Necesito dormir. No puedo dormir.

En mi cama, sitio donde antes hallaba descanso, ahora me asaltan taquicardias donde cada latido furioso es una preocupación distinta. Casi puedo sentirlas físicamente, golpeando los recovecos de mi cerebro. Amenazando con romperlo. Y hasta haciéndome desear que, finalmente, se rompa. Y todo esto se detenga.

No es un secreto que me siento miserable. Mis allegados lo ven. Los desconocidos lo ven. Y con razón; mi cara, mi porte y hasta mi piel dan cuenta del caos interior. Un caos de esos en que todo está prendido fuego, y hay tantos focos de incendio que no se sabe por donde empezar a sofocarlos.

Hasta estas palabras desesperadas son las únicas sobrevivientes de mi más vieja y postergada habilidad, que es la de expresar con precisión y sangre lo que soy. Y son una sombra, son retazos de lo que supieron ser. Me aburre leer. Me arrepiento al escribir. Me asustan las represalias a decir lo que pienso y por eso prefiero perderme en mis pensamientos, antes que oír puntos de vista que no soy capaz de discutir. La pasión por aprender desapareció. Y hasta creo que perdí la capacidad de aprender, al punto de que me sorprenda no babear.

En pocas palabras, mis sueños me aburrieron. Las ganas de pelear por algo son solo recuerdos de tiempos felices, en que estaba drogada de algo que ya no se consigue. No tengo mayores esperanzas ni expectativas.

There, I said it.

 

 

 

 

 

 

I can’t even

Es menester sacarme del pecho una lista de cosas que entran en el espectro de sensaciones que es delimitado por el hartazgo incipiente y el llano aborrecimiento.

Quienes me conocen un poco sabrían juzgar, en principio, hacia qué valores tiende cada ítem. Comencemos.

  • Cualquier cosa que tenga sufijo -ismo y que trastorne la mente de las personas al punto de ponerlas en conflicto unas con otras
  • La Fashion Week
  • La posible separación de Escocia del Reino Unido
  • Los problemas de salud de las celebridades que se han hecho inyectar metacrilato en sus glúteos
  • El nuevo iPhone
  • Bailando por un sueño
  • Defender algo indefendible sólo para evitar ser castigado o perseguido o, lo que es más ingenuo, porque creés que vas a ser recompensado o reconocido.
  • El universo Maradona
  • La mayonesa administrada de prepo, sin aviso y en abundancia
  • El 3G de Personal
  • La oferta constante, la presión permanente de decidir entre adquirir algo o no
  • El griterío baboso diario de los albañiles del Sindicato de Taxis
  • Que el gobierno sugiera que nuestra opinión sobre los fondos buitre tiene algún tipo de injerencia en el problema, cuando en la realidad todo se define en fueros a los que ninguno de nosotros tiene acceso
  • Los zombies
  • El K-Pop
  • Las inmobiliarias
  • Su silencio interminable
  • Atestiguar la muerte del deseo, alma tras alma, en las vidas de quienes amo. Y en la mía.

Temitas (I)

  1. Todo lo que pueda cerrar con llave, lo cierro con llave.
  2. Me hizo mal la expresión «levantarse con el pie izquierdo» porque no puedo bajarme de la cama apoyando un pie y luego el otro; para arrancar el día debo sentarme, girar y apoyar ambos pies en el piso.
  3. Tengo tantos cambios de humor al día como esmaltes de uñas. La última vez que los conté tenía 85 (ochenta y cinco).
  4. Hablo sola. Mucho.
  5. Tengo un odio visceral hacia una persona que casi siempre se toma el mismo colectivo que yo y se las ingenia para NUNCA pagar boleto. ODIO.
  6. Antes de salir me siento tentada de sacarme una foto con el atuendo del día y publicarla, en caso de tener que ser ubicada por la policía científica.
  7. En la misma ceremonia del punto anterior, me despido mentalmente de mi cara por si me toca sufrir un accidente con resultado de desfiguración.
  8. Nunca probé la cocaína pero el mate de la oficina me deja con un nivel de manija presuntamente similar.
  9. A las 2:45 a.m. me apago socialmente y abandono, en espíritu, cualquier reunión de más de tres personas en la que me encuentre.
  10. Pregono los beneficios de la dieta crudi-fruti-vegetariana y como más carne que el Turco Samid.
  11. No puedo dejarlo ir.