El día del amor visto desde un rincón

Esta mañana desperté sin ayuda de terceros, sean objetos o personas. Los rayos del sol de la mañana se filtraban por las rendijas de la persiana, lo que indicaba que afuera me esperaba un buen clima. Sabía qué día era, pero no sentí lo mismo que en ediciones anteriores. Sentía una alegría serena, una sensación de calidez a la que no le encontré origen.

No pude hacer mucho por mi pelo, rebelde y enrulado como siempre. En realidad nada quise hacer. Un par de días antes había pensado que debía verme mejor que nunca, puesto que ‘love was in the air’ y me podía ganar muchos piropos inmerecidos; pero desperté sin ese deseo frívolo. Hoy me gusté tal cual era, sin mucho firulete.

Al encontrarme con la realidad de la ciudad, noté que el cursi panorama que se suele ver el día de San Valentín no era tan intenso como otros 14 de febrero. Esperaba ver la ciudad tapizada de rojos corazones y angelitos arqueros, e incontables parejas demostrando su amor en público. Mientras viajaba al trabajo, vi el simpático oportunismo de los vendedores de flores y alguna que otra vidriera de ropa con los colores típicos. La gente se trataba entre sí con la misma indiferencia que podemos encontrar un 11 de febrero, un 28 de agosto o un 5 de diciembre.

Pero mi ánimo estaba bien… diez puntos, en realidad. Aunque tanto no se sintiera, yo detecté la sutil fragancia del amor. Apreciaba el solo significado de este día. Una excusa para dar más amor y ser más cursi de lo acostumbrado (y realmente no voy a considerar los interminables debates sobre los malvados propósitos capitalistas en este tipo de fechas). Y sólo eso me daba la tranquilidad emocional que nunca pude experimentar desde que dejé la niñez. No me importó que nadie me haya regalado una rosa o una caja de bombones. Era lindo encontrar el amor en un vagón del subte, en un café por la ciudad o en el muchacho comprando flores para su novia, peinadito con esmero y perfumado.

Oí por ahí eso del movimiento ‘anti San Valentín’. Para mí esa gente se equivoca. ¿Por qué tengo que odiar una fecha? Es una estupidez. Podemos estar algo tristes por experimentar la soledad o bien enojados con el consumo injustificado. Pero, en serio… ¿organizar un movimiento? Eso es tanto o más estúpido que la fecha misma. Creo que la intolerancia es menos aceptada que la cursilería y el consumo.

Vivan y dejen vivir, no sean salames. Quéjense de cosas importantes. Yo de momento no estoy de novia, pero no ataco a los que disfrutan estándolo. Me pongo contenta por ellos.

Happy Valentine’s day! 🙂

Anuncios