Domingos emo

Dejar que los dedos vomiten.

Que escriban sobre las horas que han pasado peinando la cabellera del cuerpo que los alberga, tratando de encontrarle la vuelta a esta cara y a esta figura que pierden la forma de tantas miradas, de tantos análisis. Que atestigüen esa electricidad amarga que se extiende por mi ser, tratando de encontrar respuestas a la vez que trata de espantarlas. Que describan la avidez con que las ventanas del alma observan a los transeúntes y a las estrellas, al punto de hallar la señal guía en una noche constante, filosa, seca y cubierta de polvo y de hartazgo. Que reproduzcan gritos que no aturden a nadie, y describan la sangre que emana de nudillos que quieren encontrar tesoros de calma en las paredes, uñas que escarban la tierra a la que se quiere volver…

Una imagen borrosa se entierra en las retinas, encerrando la mente en sus caminos cerrados. No se da cuenta que no puede salir. Cuando lo hace, golpea con furia, con miedo, con desesperación, bregando a quien la oyere que la saque de su celda gris, con barrotes infranqueables del duro hierro de la terquedad, bañada de esperanzas fútiles y con su maldita cerradura escondida.

Me desconozco a veces.

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Bostezos

Bostezos a repetición.

Más de una persona, a esta altura del año, ya tiene la sensación de haber sido pisoteada por, mínimo, un par de paquidermos machos.

¿Qué tiene marzo? ¿Por qué es tan largo, o mejor dicho, por qué parece más largo que otros meses con la misma duración?

Otro bostezo.

No sé si es por la semejanza entre los nombres, pero Marzo me suena demasiado a Martes. La gente odia los martes, en general. Están muy cerca del fin de semana que se fue y muy lejos del próximo. Es como si faltara mucho para el momento copado de la semana. Asimismo, Marzo está muy lejos de momentos copados del año como el aguinaldo de junio, la primavera septembrina y el festivo diciembre (que, además, tiene aguinaldo).

Bostezo. Es increíble cómo leo, escucho o escribo cualquier palabra de la familia del verbo bostezar y de inmediato acaece el fenómeno fisiológico. De nuevo. ¡Es casi una historia de nunca acabar!

Es tiempo de ir a reposar el cuerpo. Los abandono, no sin antes dejarles el detalle frívolo diario (pero hermoso, no me jodan) de contarles que finalmente me hice un alisado semipermanente en el pelo y estoy lacia como una geisha. Oh, sí.

Besos a quienes los merezcan… de verdad.

De la gripe y otros tropezones del ser

Gripe. O algo parecido. En concreto, tos en tandas de tres, estornudos esporádicos, cara tensa producto de la congestión, ojos constantemente entrecerrados y por sobre todo, desgano. Desgano total.

Sumar la coherción de asistir al trabajo porque la situación en la oficina así lo requiere.

Digan la verdad. Es molesto. ¿No?

Voy a reconocer algo. El personaje de la niña enferma y necesitada de afecto, sopitas de pollo y demás yerbas es algo que me sale muy fácil. No es que mienta, simplemente me brota ser así cuando tengo alguna dolencia. Debo reconocer también que hasta yo me doy cuenta de lo molesta que me vuelvo, por lo cual tarde o temprano busco la alternativa para mejorarme sin aturdir a los demás.

Salir adelante en situaciones así requiere una actitud firme y el uso de la energía de reserva, que Dios sabe de dónde sale. Muy probablemente de Dios mismo. Es preciso tener en mente que no es nada terrible ni una molestia permanente, y una vez superada la prueba, se puede decir que no te amilanaste. Lo que no te mata sólo te hará más fuerte (o engorda). Y ante pruebas un poco más ásperas, tenés más posibilidades de salir airoso.

Masticad mis palabras sabiendo que detrás de la acidez o la dulzura hay otro sabor escondido.

Fah, el paracetamol me vuelve filosófica.

Besotes con barbijo.