Crónica de una muerte anunciada

Todas las mañanas (de los días de semana) desde hace un año y medio, hice lo mismo. Lo esperé. Casi siempre apareció. A veces, hasta interactuó conmigo.

Pero a partir de la mañana de hoy, ya no va a aparecer más. Lo voy a estar esperando y no va a aparecer. Se me hace un nudo de cabeza de turco en la garganta.

Lo grato -si se quiere- de todo esto, es que hace tanto que mi espera es fútil, que caí en la cuenta que llevo sola mucho, mucho tiempo. Debería ser hora que deje de esperar una resurrección de su parte, y empiece a gestionar la mía, o cuanto menos, permitirla.

(G.G.M., perdoname por tomar el título sin permiso, pero me vino al pelo)

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