Del uso de las timelines

Hoy me ocupa hablar de un concepto abstracto, inimaginable, y a la vez imprescindible, sin el cual entender nuestra existencia sería prácticamente imposible.

El tiempo.

La Real Academia Española lo define como la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Es la base para entender los sucesos físicos que mueven y hacen latir este universo, incluyendo de manera obvia –pero no exclusivamente- nuestra vida.

El tiempo no hace otra cosa que transcurrir. Ni siquiera es que transcurre; es eso que hay en medio de dos o más sucesos. Es algo que el cerebro humano creó y no es capaz de imaginar. Y es, a su vez, un algo lleno de atributos, tanto buenos como terribles.

El tiempo cura todas las heridas, el tiempo es tirano, el tiempo es dinero, el tiempo es implacable, eltiempo.es (?)


Hagamos un análisis superficial del mismo, desde nuestra realidad como individuos, ya que hay bastante tela para cortar al respecto y no me da la cabeza como para analizar el paso del tiempo en magnitudes planetarias (tampoco como para hacer más de 37.000 puntos en el Bouncing Balls de Facebook, entre otras cosas).

Tomemos nuestro nacimiento como el evento 1 en nuestra timeline y a nuestra eventual muerte como el evento 2. A partir del evento 1, el tiempo empieza a transcurrir para nosotros y regirá nuestra existencia hasta el acaecimiento del evento 2. Todo lo que pase en el interín está supeditado a que nuestro tiempo sea lo mejor aprovechado posible, tanto si se quiere exprimir ese tiempo en la vivencia de experiencias edificantes –o destructivas- para nosotros o para nuestro entorno, como para –ilusoriamente- postergar la llegada del evento 2. Dentro de lo aleatorio que caracteriza a los eventos intermedios para nuestra limitada visión humana (que a lo sumo puede elaborar teorías como la del efecto mariposa), eso que llamamos razonamiento y el libre albedrío nos ayudan a manejar aquello que nos va sucediendo. Es mucho más probable que nuestra timeline sea más larga si no nos arrojamos en las vías del tren en hora pico o si no nos damos con cocaína rebajada con polvo pédico.

Hay cientos de miles de historias sobre gente que arrancó su vida con nada y la terminó con todo, tantas como de gente que arrancó con todo y terminó con nada. Gente que usó su tiempo como mejor (o peor) le pareció que debía usarlo.

Las decisiones que tomamos mientras transitamos nuestra timeline, todas y cada una, repercuten en cómo vamos a llegar al evento 2. Y aún sin pensar en el evento 2, es válido tener en cuenta esto. Válido, útil, y hasta capaz de rescatarnos de esos días grises en que no entendemos por qué estamos acá.

Todo esto se reduce a que, sin perder de vista la realidad de que nuestra vida es una línea de tiempo, tomemos como punto de partida el presente para pensar qué queremos hacer con ella. ¿Qué hacés? ¿la desperdiciás? ¿la exprimís hasta la última gota, sea dulce o amarga?

En esos momentos de autodeterminación aplastante que me agarran a veces, opto por exprimirla. Moverme, hacer, pensar cómo modifico el status quo y le meto matices.

Tal y como hago con el fondo de mi timeline en Twitter cada vez que me aburro de lo que veo.

Saludos, cofrades.

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