El Hoax que no fue

Para los que viven un termo (?) o no están familiarizados con los términos que se desprenden del uso y abuso de Internet, un hoax o bulo -dice Wikipedia– es un intento de hacer creer a un grupo de personas que algo falso es real. Una falsa noticia que circula en e-mails en forma de cadena, en foros y otros sitios web. Las finalidades de estas mentiras maquilladas de certezas son de lo más variadas: simples bromas, batallas anónimas contra corporaciones, análisis de la respuesta obtenida, el contabilizar el tiempo que tarda en dar la vuelta al globo para regresar, distorsionada o intacta, a su creador, etcétera. O al menos eso fue lo que a lo largo de los años de cibernauta pude extraer del tema…

Los mismos hoaxes suelen incluir frases de respaldo (?) como “yo no lo creía, hasta que lo probé y funcionó”, y mal que me pese, hoy me veo motivada a pronunciarla por algo que acabo de recibir, leer, probar y comprobar.

En la oficina suelo estar bastante desarreglada en épocas de poca actividad. Mal para una secretaria. No me peino, si lo hago es con desgano, y ni hablar de maquillaje. Ni hablar.

Hoy no me dio la cara para dar la cara así. Llegué, me peiné, me pinté un poco y me pasé -de manera excepcional- un lápiz delineador de labios de color borgoña. Logré un look bastante impactante. Gustó. Acá viene la parte que nos compete.

Mi compañera, coqueta incurable -se va a reír cuando lea esto- me preguntó qué había usado para mis labios. Le mostré el lápiz y ella me lo pidió. Se pintó un poco en el reverso de la mano, se sacó su anillo de oro y comenzó a frotarlo sobre el trazo. Dos segundos después, me muestra que se había puesto negro. What tha heck.

Resulta que mi compañera había recibido un e-mail en que se advertía a la población consumidora de cosmética sobre productos fabricados con plomo, y sobre sus efectos en el organismo, y una de las formas de constatarla es justamente frotar oro sobre una porción de producto aplicada en la piel. Si aparece una mancha negra, el producto tiene una alta concentración de plomo. Si simplemente se esparce sin alterar su color, el producto está libre de dicho material y es apto para su contacto con la piel.

Se desprenden dos preguntas de mis dedos a partir de este hecho. ¿Por qué hay plomo en los cosméticos? y ¿cuál es el problema, en definitiva?

Una pequeña research me contestó que el plomo oficia de fijador de los pigmentos. Color stay, super stay… supongo que les suena haber leído esas propiedades en la publicidad y en los envases de maquillaje. Y, además -como no podía ser de otra manera- hace que el producto sea más barato de producir.

El problema de la presencia de plomo es casi intuitivo: es un metal pesado con efectos neurotóxicos, y cuya cinética comienza a partir del contacto con la piel. La OMS en su website incluye varios trabajos de investigación que explican en profundidad cuál es el impacto de la presencia de este metal en el organismo.

Mi compañera, luego de realizar esta prueba, me mostró un lápiz labial de otra marca, y repitió la prueba del anillo de oro. El color permaneció inalterable.

Mientras tanto, sigo con mis labios color carmín, pensando que aunque no me voy a morir hoy envenenada a causa de mi ataque de make-up, voy a ser un poco más cuidadosa cuando me interne en el shopping a surtirme de productos que me hagan más linda. Después de todo, no estoy de acuerdo con eso de vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver hermoso.

Death List

Los voy a matar. Uno por uno, hasta reducirlos a recuerdos.

1)

(No, no estoy hablando de hombres, todavía no estoy tan enferma)

  • Procrastinación crónica. Es como tener pinchado el tanque de nafta: no sólo te impide avanzar sino que perdés plata. Un poco está bien, es normal. Pero nunca fueron buenos los excesos. Pará de parar.
  • Indecisión. A o B (o C, o D…). Boch is cort. Si no hay decisión, no hay acción, no al menos una que puedas medir y controlar. Vivir de manera aleatoria está bueno cuando sos la protagonista enferma de cáncer terminal en una película, pero no cuando sos una joven porteña en vías de desarrollo. Dejate de joder, piba. Decidí. Actuá.
  • Transparencia patológica. Me veo incapaz de guardarme la información. No voy a empezar a echarle la culpa a las redes sociales; me pasó toda la vida y es mi exclusiva responsabilidad. Nadie necesita saberlo todo sobre mí. ¿Para qué contarlo? ¿Realmente tenés que contarle al mundo de todos los tipos que te dejaron? ¿Qué le importa al ñato que llamó por teléfono a tu viejo que salió a comprar VIRULANA? ¿No podés decir simplemente “salió”? ¿Tenés que avisar que te indispusiste vía Twitter? ¿Acaso alguien va a mandarte tampones o ibuevanoles por direct message? Y la lista es interminable. Hay que dejar la indiscreción por dos, tres, cincuenta años.

No será fácil. Puede ser una cacería de toda la vida. Pero lo importante ya está: hice los identikits. En cuanto tenga la oportunidad, en cuanto los tenga enfrente… se les termina la joda, muchachos.

Caos en la ciudad

Las cabezas humanas suelen ser un despelote.

Ante un magnífico caos, solemos enloquecer o bien encontrar el orden oculto dentro de ese caos. Como desenredarlo es demasiado difícil, optamos por hacer un esfuerzo más pequeño y aprender a vivir en medio del bardo. El hombre es un animal de costumbre, ponele.

Lo que pasa es que, eventualmente, el caos retoma su naturaleza conflictiva y tu desorden-ordenado ya no te alcanza para estar en paz. Acostumbrarte animalmente (?) no te sirve más, y es entonces que la mente pasa a asemejarse, por no poder ilustrarlo mejor, a un cumpleaños de mono.

Así estamos. Hay caos mental, hay una habilidad sobrenatural para adaptarse a las situaciones adversas (o lisa y llanamente incómodas), y ahora mismo hay una imposibilidad de compatibilizar estos dos hechos.

Quiero hacer cosas distintas. Quiero verme distinta. Me aburre el estatismo y odio conformarme, más cuando negocié mal y di mucho sólo para estar incómoda. Preciso variar.

Aunque eso signifique cambiar un caos por otro caos.