Acá no pasó nada

Tardé un mes y quince días en estallar.

Hace un mes y quince días me pasó lo peor que me pasó en la vida. Me tomó todo ese tiempo liberar las lágrimas y los gritos desesperados que nacieron en mí esa noche, pero callé.

Un hombre, una excusa de hombre, se cruzó conmigo en mi sábado 5 de noviembre, con la lisa y llana idea de aprovecharse de mí. De tocarme. De saciar sus instintos a expensas de mi condición de mujer, de pertenecer al sexo débil.

Supongo que más factores de los que puedo calcular en mi ignorancia hicieron que desistiera.

Ignoré su putrefacta voz diciéndome “quedate quietita”, forcejeando para huir mientras sus manos me agarraban del pelo, queriendo llevarme hacia un portón oscuro. Luché y grité con toda la fuerza de mis pulmones, sin parar. Me soltó. Corrí. Mientras aún gritaba y corría, miré hacia atrás, y lo vi yéndose en dirección contraria, con una impasibilidad perversa que nunca había visto antes. La de alguien que sabe perfectamente lo que hizo, y sabe aún mejor cómo salir impune: haciéndose el pelotudo. Acá no pasó nada.

Lo primero que hice cuando llegué al Carrefour de Velez Sarsfield, que estaba a escasos metros de donde sucedió esto, fue buscar ayuda. Acto seguido, fui a hacer la denuncia a la comisaría. Recordaba todos los detalles de su ropa, su tez, su contextura, su posible edad; pero no pude ver su cara, con lo cual haber hecho la denuncia sólo sirvió para paliar mi ira.

Los hombres culpables sin cara pasan por inocentes. Acá no pasó nada.

Los días transcurrieron. El temor visceral que sentía de sólo pisar la vereda todos los días, muy de a poco, se fue disipando. No tuve más remedio que seguir yendo a trabajar, tragándome el miedo, y apurando el ya apurado paso que me caracteriza al caminar. Tomo dos, tres colectivos, y si el destino está a más de dos cuadras de la bajada, busco una excusa de utilería y simplemente me quedo en mi casa. Segura, tras tres o cuatro cerraduras. Acá no pasó nada.

¿Pero sabés qué? Pasa. Mierda que pasa.

No podés vivir pensando que por el sólo hecho de ser mujer hoy te pueden matar. No podés ser parte de la ruleta rusa a la que juega un pobre tipo con complejos de inferioridad, que si te elige, hará lo que quiera con tu cuerpo y con tu dignidad, humillándote para enaltecerse. Para sentirse poderoso. Para saborear un control que de otra manera, como es un pobre pelotudo, no podría tener sobre nada.

No podemos seguir así.

A diario nos enteramos de infinidad de casos de violencia contra mujeres y chicos. Hombres poseídos por la furia y la locura, que arremeten contra los más débiles. Asesinan. Hieren. Violan. Algunos hasta se burlan de la justicia negando los hechos con sonrisas en el rostro. Se burlan de todos.

Si tuviera que elegir una reacción visceral ante esta realidad del orto, sería llenarle la poronga de plomo al tipo que me agarró el 5 de noviembre. Pero no. No tendría suficientes balas. Ni tampoco suficiente empatía como para reaccionar como uno de ellos.

Sólo puedo ser fiel a mí. Hacer las cosas a mi modo. Exponer lo que pienso a la espera de llegar a los ojos y oídos correctos.

Soy mujer. Tengo forma de mujer, pienso como mujer, hablo como mujer, siento como mujer. No puedo despojarme de eso como podría, tristemente, despojarme de mis pertenencias. No puedo, no quiero, me rehúso.

No quiero vivir en un mundo en el que mi integridad sea arrebatada en segundos, cuando peleé una vida por construirla y valorarla, sólo porque tengo tetas y culo.

No sé qué tiene que suceder para que las cosas cambien. Deseos envilecidos reinan en las miradas de la sociedad ante una mujer hermosa, inalcanzable, rebosante de sexualidad y expuesta hasta el útero, en todos los medios audiovisuales. ¿Qué nos queda a las que enfrentamos a esa sociedad, día a día? ¿Nos toca, acaso, ser el peor es nada de un tipo caliente y frustrado por una vida que le venden y que no se puede permitir?

No. Me niego.

No sé si alguno de los que me está leyendo tiene poder. No sé si acaso son influyentes en los medios que controlan esta cultura de la erotización de todo. No sé tampoco si son un Juan Pérez que tiene una o muchas hermanas.

En cualquier caso, a vos que me leés: si tenés la posibilidad de hacer algo por proteger a una mujer, hacelo. No la dejes caminar sola por la calle, en especial por la noche. Resguardala. Controlá que a donde vaya, llegue bien. Pedile que te avise dónde está. Abrazala, hacela sentir contenida. Enseñale a reconocer a quienes pueden lastimarla. No seas uno de ellos, gritándole a extrañas lo fuerte que te las garcharías. Sé un verdadero hombre. Decile y hacele sentir cuánto vale, cuán preciada es su vida y cuán orgullosa debe sentirse de ser quien es. Fortalecela. Está para ella, cuando lo necesite.

Somos un sexo frágil, pero no débil. Somos capaces de hacer grandes cosas. Cuídennos y las verán surgir.

Los años no vienen solos

No voy a escribir mi autobiografía para llegar al punto que nos compete, que es quién soy ahora que cumplo 25 años. Sí quiero puntualizar que llego más o menos como tenía ganas de llegar: entera.

Son tiempos difíciles. Hay mucha presión social sobre el ser. Determinadas cosas hacen que seas, y el omitir obtenerlas te resta atractivo, te hace ver como alguien que está perdido, y cuyo destino es llegar al final de la vida con los peores asientos.

Durante mi último año me crucé con mucha gente interesante. Y algunos de los individuos más interesantes que conocí no tenían la vida que cualquiera pensaría que deberían llevar según los mandatos sociales. Básicamente hicieron lo que tenían ganas, y sin importar el grado de éxito que hayan tenido, los vi orgullosos de haber elegido ese rumbo.

La clave es elegir. Tener conciencia de lo que se quiere e ir a por ello. Practicar esta autofidelidad tiene como fruto una vida plena, más allá del valor que otros puedan darle a los resultados.

Lo único que no elegimos hacer en la vida es nacer. Todo lo demás depende de tus elecciones, resultantes de la actitud con que encares el presente. Tenés que sentirte bien con quién sos. Pulirte en el error, alegrarte en los éxitos, pero nunca dejar de ir hacia donde tenés ganas de ir.

El hecho de escribir estas líneas a propósito de mis 25, al menos en lo numérico, no quita ni pone valor a estas palabras. Así cumpliese 48 años o 15, recordatorios como este nunca están fuera de lugar.

No seas nadie más que vos.