De muertes, nacimientos y cupcakes

En nueve meses no sólo se gestan personas.

La última entrada del blog buscaba un reencuentro con las letras, quizás por ser las únicas capaces de propinar analgesia a una vida quizás más chata y tajante de lo que hubiera deseado. Pues bien, no lo fueron.

El verano pasado inicié una afición que, paulatinamente, se convertiría en una de mis pasiones. La más nueva, y hasta el momento, la más tangible. La que no sólo me hace feliz a mí, sino que hace felices a quienes se la comparto.

Lo que en estos nueve (diez, quizás, siendo que no tengo una fecha exacta) meses se estuvo gestando en Mundo Ce se llama Butterdream.

Butterdream es un emprendimiento de pastelería que, por el momento, se avoca exclusivamente a los cupcakes, unos simpáticos pastelitos cuyo espectro de sabores y diseños no tiene límites.

Comenzó en mi cocina una noche en que una receta que encontré en internet me mostró que tenía algo de talento. Fui desarrollando la curiosidad, y con ella, variantes cada vez más deliciosas de algo que -descubrí- me entretenía muchísimo hacer. Convidando los frutos de mi curiosidad, inevitablemente, surgió la pregunta: “¿y si los empiezo a vender?”. Y sí, empecé. Y no paré.

Trabajo a pedido, ayudada por el llamado boca a boca y mis incondicionales amigos, que nunca dejan de empujar. Aún cuando yo me desinflo y tengo ganas de parar, ellos siguen, desde su lugar, mandándome clientes y dándome loas en sus lugares de trabajo y entre sus propios amigos. No tengo menos que agradecimiento eterno para ellos.

Ahora mismo voy a hacer una confesión difícil. No un poco, no medio, sino difícil. Bastante difícil.

No estuve teniendo ganas de seguir con esto. Con esto, la vida, esto que bulle en la sangre.

Explicar el porqué sería absurdo. Desear la muerte no tiene explicación. Es antinatural. Sí se podría explicar por qué tengo una tristeza que a veces me hace preferir no sentir más.

Me veo total y absolutamente carente de virtud. Inaceptable en todo aspecto. Estoy irascible, envidiosa de quien tiene plenitud. Crítica, cínica. Superficial. Me someto a privaciones para castigarme. Y se siente en carne viva. Mi cuerpo sufre, mi piel se seca, y le cuesta despertar todos los días. No hay noche en que duerma bien. Recuerdo los rechazos que padecí toda mi vida, las vergüenzas, las deshonras. El haber sido sistemática y completamente eclipsada por otra mujer ante cada hombre que intenté amar, ante la falta de luz propia.

Me veo a mí misma ajada, sola y sin una brizna de brillo en mis ojos, esperando que todo se termine de una vez.

Lucho contra esto todos los días.

Nuevamente, es antinatural desear la muerte. La muerte no se desea, ni siquiera se espera. Se asume como una eventualidad, como un punto final que nosotros no escribimos ni aunque tengamos la pluma cargada de tinta.

Dicen que cuando te convertís en padre, la vida cobra un sentido nuevo. Empezás a vivir por algo que no sos vos. Velás porque tu bebé tenga todo lo que necesite para crecer sano. Lo ayudás a pararse. Lo hacés caminar, lo ves correr. Lo formás. Lo ayudás a que eventualmente desarrolle su identidad. Y te da el orgullo de mirarte, enorme, diciéndote que hiciste las cosas bien.

Quizás mi proyecto, mi bebé, sea esto que me rescate. Lo que deje de hacer que mire mi propio ombligo y se convierta en algo que me recuerde que todo esto tenía una razón de ser. Que todo me llevó, de alguna manera, a formarlo y verlo hacerle bien a otras personas.

Quiero ser excelente. Quiero que quienes coman mis creaciones se deleiten y se alegren con cada bocado. Quiero estar en momentos importantes, en fiestas de cumpleaños, en casamientos, en reuniones de amigos, en recuerdos felices.

Quiero salvar mi vida. Y soñar esto, crearlo, me parece una excelente forma de hacerlo.