De esperas y sabores

Toda mi vida se trató de esperar.

Esperar que a mí también me dejaran entrar al jardín, con mi mochilita amarilla y mis ansias de cruzar esas puertas llenas de colores y canciones.

Esperar que se hagan las cuatro para que pasaran a los Pitufos, y ver a Gargamel correr derrotado junto al puto de Azrael.

Esperar a las doce, para por fin desenvolver los regalos de navidad que estaban en el arbolito, juntando polvo durante días, porque sabía que mi papá era un eficiente subordinado de Papá Noel y me había pedido expresamente que esperara.

Esperar los resultados de las primeras tareas, que inexorablemente tenían un Sobresaliente en una cursiva verde deliciosa. Tal era así que jugaba con mi compañero Jorgito a ver quién juntaba más Sobresalientes y siempre le gané, hasta que se cansó de perder.

Esperar a verlo cruzar la puerta del aula, a él, el primer chico que me gustó. Martín.

Esperar que se hagan las cinco de la mañana, hora a la que al fin habría de partir a la ruta con mis viejos y mis hermanos, rumbo a volver a sentir la arena de Pinamar, con todos mis libros y mis lápices de colores.

Esperar que se haga sábado para poder ir a jugar a otro colegio algo parecido a lo que llaman handball, con mis amigas del alma, y vivir mis primeras adrenalinas en la cancha. Esperar que me den esa medalla de campeonato.

Esperar a esos otros sábados increíbles en que había baile del colegio, y pedirle a los gritos al DJ que pase Azúcar Amargo, de Fey, para desatarme en la pista de baile.

Esperar a esa bendita menstruación, que Johnson y Johnson se ocupó de instruirme en que estaba llegando tarde. Esperar que la muy puta se me fuera de una vez.

Esperar que se diera cuenta que ya no lo veía como un amigo, y que quería que me tomara entera. Esperar que el dolor y la muerte lo embistan con violencia, por haberme dicho «¿no te das cuenta que nunca te dije te quiero de verdad?». Esperar en vano.

Esperar que éste, aquél y ese otro decidan al fin romper el silencio después de unos pocos entreveros físicos deslucidos; esperar hasta que el polvo del hartazgo me cubriera y decidiera remover de mi corazón, para siempre, esas espinas con nombres propios.

Esperar las calificaciones de la supervisora del callcenter, que me harían comisionar, ganar plata y hacerme sentir, por primera vez, algo parecido a la realización. Esperar ese break nefasto de diez minutos para clavarme ese pancho horrible del kiosco de enfrente, al lado del puterío de la calle Chacabuco, y preguntándome cuánto ganarían las chicas adentro.

Esperar que me llamara mi actual compañera para informarme que el puesto era mío, ya que todo lo que había aprendido en mis odiosos laburos previos era la base exacta que necesitaba para ser una secretaria. Esperar las vacaciones luego de un año de laburo arduo pero bien hecho. Esperar que se termine ese embole, porque no pude viajar a ninguna parte, para poder hacer algo nuevo.

Esperar que se enderecen los putos dientes, que el dolor de los alambres y las ampollas de los brackets sirvieran de algo.

Esperar el pedido de ebay con mis ingredientes de cocina, que convertirían a mis cupcakes en los más ricos y hermosos que la gente haya visto cerca.

Esperar que el trabajo, la facultad, los pedidos de cupcakes y la guita me alcanzaran para sentirme plena. Esperar que apareciera un hombre dispuesto a comprar el combo, aunque reservándome el derecho de admisión.

Esperar, esperar. Esperé toda la vida. Esperé hasta que me cansé.

En ése momento apareció él. Creo que no pasó una semana entre que me cansé y que apareció.

Le costó muchísimo hacerse ver, pero –detalles técnicos aparte– básicamente se hizo ver. Y todo lo demás, toda información contextual que pudiera o no venir al caso, quedó borroso y condenado a la irrelevancia.

Mis hombres, que nunca fueron míos, se volvieron polvo bajo sus suelas talle 43.

Ya no esperaba sino una palabra suya, un beso suyo, porque ya eran míos. Podía pedírselos sin temor a asustarlo, porque ya me había dicho que me amaba. Y yo, poco tiempo después, supe que también lo amaba.

Me di cuenta que la cosa iba en serio porque dejé de vivir el amor con el delirio de la idealización, y empecé a vivirlo como lo que es; pasarla bien haciendo cualquier cosa, como aporrear los joystics de la play, comer como salvajes, memorizar el cuerpo del otro a fuerza de roces, decirnos todo sin disfrazar una sola palabra de lo que pensábamos, o cruzar de mi mano el umbral de mi casa para conocer a los otros amores de mi vida. Que el estar gordo o no fuera completamente irrelevante, ya que nos encantábamos tal y como éramos. Reírnos en el delirio y en la realidad tangible. Dormirnos enroscados en ese colchón de tapizado cruel. Amarnos en todos los escenarios y en todas las situaciones.

Algo entre ese descubrimiento y el hoy, que me encuentra tipeando estas líneas, algo que tuvo una explicación que todavía busco asimilar, pasó. Y no pasó más nada. Lo que se hizo polvo bajo sus pies siguió siendo polvo, y lo que había quedado borroso y condenado a la irrelevancia, permaneció así.

Sigo sin esperar. Bah. Sigo esperando otras cosas: bondis, viernes, depósitos de sueldo, quizás un departamento que tenga mi independencia adentro. Pero fuera de eso, dejé de esperar. Porque dejé de desear.

Sé que tengo que vivir. Sé que tengo que trabajar. Que tengo que salir. Que tengo que reír. Que tengo que hacer todas esas cosas que hace una persona que nació en un lugar como Buenos Aires y que tiene que saber cagar al trote para que no la hagan bondiola. Y lo hago.

Pero las hago, que se sepa, para tratar de callar la idea permanente. Esa idea que ya es una cicatriz blanquecina en la piel que no ve nadie. Que todo lo que hago ya no tiene gusto.

No es que sienta que nada tenga sentido –vivir siempre lo tiene–pero todo se me hace aburrido, cansador, desabrido. Es como comer todos los días algo distinto, pero con la lengua seca. Es vivir los días de memoria, aunque nunca haya experimentado las vivencias que me se me depararon.

Nunca había sentido un hastío semejante.

No sólo era el amor, sino el sabor de mi vida. Y aunque coma, ya no le siento gusto a nada.

Rompería todos los relojes del mundo. Rompería el tiempo y el espacio en el momento en que los dos no queríamos más que vivirnos, sabiendo que éramos todo lo que el otro quería tener a su lado. Rompería todas mis esperas y las suyas, antes que todo se cayera. Rompería mis esperanzas, las más férreas y densas de las esperas, porque no harían falta nunca más, ya que todo lo que merecía espera estaría ahí. Él estaría ahí.

Pero no puedo romper más nada. No puedo construir más nada. Tengo los dedos rotos de tanto estrellar el puño contra la pared. Pero el dolor que siento al escribir estas palabras es un sacrificio válido.

Merece saberse que mi espera más dura tuvo final. Encontré a la persona que esperaba tener a mi lado. Un hombre que me vio cuando no me veía nadie. Que me conoció antes de que pudiera darme cuenta que estaba allí, y que no tuvo que hacer más que ser él mismo para enamorarme por completo. Que se rió de mis complejos para hacerme abrazarlos como virtudes.  Que estuvo presente. Que me cuidó de día y de noche. Que tenía en su cabeza terabytes de datos sobre cualquier tema y a su vez soportaba estoicamente mis explicaciones de cosas que quizás no le interesaban, y que luego recordaba. Que tenía una cutícula rasposa que nunca me dejó cortar. La persona que me daba marco en el muro desparejo y descascarado que es este planeta. La persona que amo. Y que ya no tengo el privilegio de tener conmigo.

Espero una última cosa, antes de seguir viviendo esta vida desabrida. Espero que los ojos que me leen amen. Que se dejen amar. Que vivan sin esperas. Que encuentren al sabor de su vida – quizás en un Falabella – y que todo lo que cocinen con él, sea una delicia, digna de compartir con todo aquel que guste una porción.