La preeminencia de la queja y la eterna insatisfacción

Necesito dormir. No puedo dormir.

En mi cama, sitio donde antes hallaba descanso, ahora me asaltan taquicardias donde cada latido furioso es una preocupación distinta. Casi puedo sentirlas físicamente, golpeando los recovecos de mi cerebro. Amenazando con romperlo. Y hasta haciéndome desear que, finalmente, se rompa. Y todo esto se detenga.

No es un secreto que me siento miserable. Mis allegados lo ven. Los desconocidos lo ven. Y con razón; mi cara, mi porte y hasta mi piel dan cuenta del caos interior. Un caos de esos en que todo está prendido fuego, y hay tantos focos de incendio que no se sabe por donde empezar a sofocarlos.

Hasta estas palabras desesperadas son las únicas sobrevivientes de mi más vieja y postergada habilidad, que es la de expresar con precisión y sangre lo que soy. Y son una sombra, son retazos de lo que supieron ser. Me aburre leer. Me arrepiento al escribir. Me asustan las represalias a decir lo que pienso y por eso prefiero perderme en mis pensamientos, antes que oír puntos de vista que no soy capaz de discutir. La pasión por aprender desapareció. Y hasta creo que perdí la capacidad de aprender, al punto de que me sorprenda no babear.

En pocas palabras, mis sueños me aburrieron. Las ganas de pelear por algo son solo recuerdos de tiempos felices, en que estaba drogada de algo que ya no se consigue. No tengo mayores esperanzas ni expectativas.

There, I said it.