Bloqueo

Puedo sentir el calor de las teclas con las yemas de mis dedos tensos.

La imagen, desenfocada, se expande en lo que fantaseo son las paredes de mi cráneo, y como quien exagera al modular para hacerse entender ante un sordo, lucha por conectarse con mis manos. Quiere salir. Quiere bajar estrepitosa por mis dedos como el agua en un grifo abierto del todo.

No pasa nada.

El bloqueo del escritor es una basura. Una basura que hiede peor cuando no te dedicás a escribir y no tenés la necesidad de tipear para vivir. No tenés plazos ni editores que te esperen. No te presiona el instinto de supervivencia. ¿Por qué resolver algo que no es urgente? ¿hace falta ser creativo, existiendo Netflix, Youtube, Twitter, Facebook y la televisión por cable para alimentar las mismas regiones cerebrales?

Titila el cursor en la hoja blanca. Los dedos suben y bajan, pero no se deciden a besar las teclas. Mi corazón late con frustración y la idea golpea las paredes con el puño, abstracta hasta para sí, gritando sin que la entiendan. Es desesperante.

Los que han tenido una actitud silenciosa en la vida ciertamente podrán entenderme.

Por las razones que hayan imperado y que ahora son no más que vapor en mi memoria, fui una niña de pocas palabras. Supongo que la expresividad facial y una temprana predisposición a la lectura y la escritura me hicieron preferir los símbolos escritos antes que los sonidos de la lengua.

Las exposiciones orales fueron y aún son momentos de tropezones y vergüenzas, pero con la tinta y -revolución digital mediante- con el teclado, he logrado traducir las abstracciones de mi mente al castellano más redondo, creando textos capaces de materializar todo lo que soy puertas adentro. Cosa que no es poca cuando detrás de esas puertas poco ostentosas –salvo cuando me maquillo y peino un poco- hay cientos de habitaciones con los más variados contenidos esperando que las aireen. Decenas contienen miedos. En otras tantas moran deseos. Sin curiosear demasiado, notaríamos que algunas de estas puertas están abiertas, y otras se blindan bajo siete llaves; unas pocas esconden crasa devastación y cuesta sostener la mirada. Pero hay habitaciones que están lejos de los ojos del visitante incauto y hasta a veces de la dueña de la casa, en las que habitan impacientes las imágenes, nacidas allí mismo casi con un cuerpo, luz y potencia propias, y que con nervioso entusiasmo claman por esos diez apéndices de carne y sangre que tienen a cargo la misión de liberarlas y llevarlas a otro plano, a ser letras, formas, sucesos. Y a veces, alivio. El alivio que emana al darle voz a los pintorescos habitantes de este conventillo de materia gris. El alivio que, ahora que esto es letra, se expande triunfal dentro mío y me recuerda que sigo siendo -después de todo- la misma de siempre.

La de las letras.