Muda

Recuerdo el momento en que calculé en qué año cumpliría los treinta años de edad.

“2016”, me dije. Tenía unos 22 años, y el 2016 me significaba un punto lejanísimo, y no me esforcé demasiado en imaginar qué significaría llegar a los treinta. Estaba, en ese sentido, muy cómoda en mis veintis con todas mis carnes en su lugar (aunque seguramente me quejaría del medio gramo de grasa que notara en mis glúteos, que “ya no tenían 17 años”).

Todo lo que podía suponer era que me vería más adulta. Ya no podría decir que era una piba, una chica, sino que sería una mujer, y… no supe, quizás estaría en una posición firme, de autoridad. En una de esas, hasta sería madre y/o esposa.

Los años transcurrieron, con este blog como testigo, y hoy puedo decir que el entonces lejano 2016 forma parte del pasado.

(Sorprende que el futuro, y hasta uno mismo, acabe siendo lo opuesto de sí)

Soy, y no soy, la misma persona que se imaginaba este presente. A veces me siento en desventaja moral de la Ce que se soñaba madura, segura y mujer; soy todavía inmadura, insegura y desde ya que no asumo del todo mi condición de adulta. Adicionalmente, tras años de sobreexposición en las redes sociales y habiendo flexibilizado mi postura hacia varias cuestiones, también me he puesto en curda con la más burbujeante de las intolerancias.

Realmente he visto, leído y escuchado prácticamente todo, bajo los lentes de la ficción y -tristemente- la desnudez del ojo de la realidad. La humanidad se debate entre la brillantez y la bajeza con muy pocos tonos de gris en el medio, lo cual me genera baldes de ansiedad.  El cine y hasta la letra de la música ya no dejan nada a la imaginación y se desdibujaron los límites con los que los creativos nos “cuidaban” de lo que presuntamente no teníamos ganas de ver o de oír. Me cuesta creer que se busque algo más elevado que generar polvareda, pero sin embargo en nombre de las artes tuve que ver escenas de asesinatos, de violaciones, torturas gratuitas desde todo punto de vista y, más frecuentemente, insultos a mi Dios -en el que tengo derecho a creer en el nombre de la Constitución, pero a la vez no tengo derecho a creer si quiero ser considerada un ser humano pensante-.

Mientras muchas personas se sienten deslumbradas y sedientas del conocimiento total, de la experimentación del todo -mientras se ignoran las fronteras de lo que alguna vez se nos enseñó era el bien y el mal- yo observo con más miedo y repulsión que respeto. Pero hago simplemente eso: observar. No puedo hablar. No puedo decir que no estoy de acuerdo, al menos gratuitamente.

Decir que no te gusta algo que fue creado en el presunto marco de la realización creativa o de la mera necesidad humana de la expresión es sinónimo, desde algún momento incierto, de un fascismo macizo. No sé muy bien cómo se llega a eso desde el reinado del viejo “sobre gustos no hay nada escrito”, pero la realidad es que uno liga puteadas al mismo nivel que un delincuente si acaso estuviese -por tirar un ejemplo- reticente a escribir “todxs” porque no me parece degradante que para generalizar se use una palabra en género masculino, y a la vez ese recurso me resulta bastante impráctico para la lectura en voz alta. Traidora al movimiento feminista por bancar un tradicionalismo gramatical tendiente a extender el patriarcado, lo más suavecito que te pueden llegar a decir.

(Nunca lo dije porque por mucho menos he visto gente ser rostizada en las redes sociales, y soy más bien hincha del tengamos la fiesta en paz. Pues bien, he ahí mi terrible confesión)

Qué se le va a hacer. Soy cristiana, voté al Pro, odio mentir y que me mientan, no abortaría (aunque nunca me pronuncié en contra de que otra lo haga), haber estado al borde de una violación, sido víctima de varios acosos y amenazada con cuchillos por seis tipos me produjo una irreversible necesidad de que se instaure la pena de muerte, me desagrada que la gente de cualquier sexualidad se manosee adelante mío existiendo el concepto de intimidad y verdaderamente no disfruto que me insulten, directa o indirectamente, por estar configurada así. El mundo, mi crianza y los treinta variopintos años de experiencia que tengo en esta Tierra me hicieron así.

Pero no es tan simple. Si quiero estar en paz con mi entorno (que es de lo más heterogéneo) tengo que ser muda. Es demencial. Todos los días me vuelvo un poco más loca. Están logrando que sienta culpa por ser quien soy.

No siento el deseo ni tengo derecho a pedir a nadie que cambie su opinión, sus creencias o sus posturas. Soy bastante visceral y suelo ser analítica y discutidora en asuntos mucho menos existenciales. Lo que sí pido -en medio de una crasa desesperación psico-social- es respeto, y una revisión del concepto de igualdad: si tu Dios es un elefante, Cristina Fernández, Jehová, Maradona o la ciencia cruda, no sólo no nos tenemos que insultar sino que tenemos que aprender a ver, por encima de la configuración, lo que hace hermoso al otro y lo que nos alía con él: el amor, la belleza, el fortalecimiento de los valores y el deseo de crecer como personas, que son nuestros denominadores comunes. Si sé que te molesta que hable de ciertas cosas en ciertos términos, voy a procurar cuidarte eligiendo cómo digo las cosas. Y espero que vos hagas lo mismo.

Por el contrario, si tenés ganas de agarrártelas con algo, te sugiero lo siguiente: enemistémonos con la mala intención genuina y distingámosla de lo que es una mera diferencia de pareceres.

Devolveme mi voz. Decime que, seamos como seamos, entre vos y yo todo va a estar bien.

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2 comentarios en “Muda

  1. Jimena dijo:

    Vos sabes que me sentí muy identificada cuando dijiste que al final tenes que ser muda para no herir sensibilidad ajena.

    A mi me está pasando lo mismo, o parecido. Digamos que desde el año pasado estoy en una especie de metamorfosis vertiginosa que me esta poniendo el mundo patas arriba y estoy tratando de adaptarme otra vez, porque muchas de las cosas y de las personas en las que creía resultaron ser ídolos de oro. Totalmente vacíos. Y ahora me encuentro con que la única parte coherente de mi se siente Moisés bajando del Sinai diciendo “¡¿Pero qué carajo estas haciendo?!”, ¿Sabes por qué?… perdí años buscando ser otro y no yo misma, prestandole atención a gente que no lo valía y no le importaba, y teniendo aspiraciones ajenas que no compatibilizaban conmigo ni a palos.

    Y ahora que me veo mejor, me siento nadando en mierda.

    Ahora que estoy siendo mas fiel a mi misma, me terminó dando cuenta que no encajo en el mundo de la boluda que aspiraba idioteces porque ese mundo tampoco acepta la metamorfosis que estoy atravesando.

    Y se siente feo, porque nadie te hace una devolución positiva o contenedora del cambio que uno quiere generar para bien en uno mismo. Al contrario, te responden por inercia sin querer entenderlo, o buscan mil y una maneras de hacerte sentir que estas equivocada. Y te separan, te alejan… o te obligan a alejarte.

    Tenemos la misma edad, no tengo mucha mas idea de lo que vos compartís con el mundo sobre tu vida, pero me da el palpito de que de alguna manera pasamos por un proceso similar de transformación. Quizás por la edad, generación, o simplemente porque somos de las pocas personas cuerdas que todavía viven y dejan vivir. Pero me sentí muy identificada con lo que escribiste.

    A veces la estocada mas hiriente viene desde adentro, cuando te sacas la venda.

    Un abrazo. ♥

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