Por si te lo preguntabas

Ese olor a ropa limpia
secada al sol, sin suavizante ni cosas que flotan
en la tele de la tarde.

La aspereza de tus manos que,
en franca discordancia
con estas generaciones,
no tienen miedo de volver materiales
los croquis de tus sueños
y tu fuentón con fruta fresca.

Esas ventanas hechas de zafiro, tan gruesas e infranqueables como las que
mandaste a hacer y te tienen tiernamente puteador,
y a través de las cuales jamás me cansaría
de observar ese mundo
hecho de pentagramas, ríos enérgicos
y tierras fértiles.

(y en las que me juego que hay árboles que dan helado)

La paz que siento cuando nos adaptamos
perfectamente
en los tejidos
y en la risa.

La verdad por sobre todas las cosas,
incluso por sobre las vergüenzas
y que acaba por convertirlas en virtudes.

La confianza que absorbo de vos y que me vuelve
más poderosa
que estos bichos raros que me gusta mostrarte en el cine
cuando no llegamos tarde por estar fundidos
el uno con el otro.

La sensación de que no hay un tope para lo que
puedo llegar a quererte
si no tuviera tanto miedo.

Ahí está
lo que me hace seguir con esto
por si te lo preguntabas.

Muda

Recuerdo el momento en que calculé en qué año cumpliría los treinta años de edad.

“2016”, me dije. Tenía unos 22 años, y el 2016 me significaba un punto lejanísimo, y no me esforcé demasiado en imaginar qué significaría llegar a los treinta. Estaba, en ese sentido, muy cómoda en mis veintis con todas mis carnes en su lugar (aunque seguramente me quejaría del medio gramo de grasa que notara en mis glúteos, que “ya no tenían 17 años”).

Todo lo que podía suponer era que me vería más adulta. Ya no podría decir que era una piba, una chica, sino que sería una mujer, y… no supe, quizás estaría en una posición firme, de autoridad. En una de esas, hasta sería madre y/o esposa.

Los años transcurrieron, con este blog como testigo, y hoy puedo decir que el entonces lejano 2016 forma parte del pasado.

(Sorprende que el futuro, y hasta uno mismo, acabe siendo lo opuesto de sí)

Soy, y no soy, la misma persona que se imaginaba este presente. A veces me siento en desventaja moral de la Ce que se soñaba madura, segura y mujer; soy todavía inmadura, insegura y desde ya que no asumo del todo mi condición de adulta. Adicionalmente, tras años de sobreexposición en las redes sociales y habiendo flexibilizado mi postura hacia varias cuestiones, también me he puesto en curda con la más burbujeante de las intolerancias.

Realmente he visto, leído y escuchado prácticamente todo, bajo los lentes de la ficción y -tristemente- la desnudez del ojo de la realidad. La humanidad se debate entre la brillantez y la bajeza con muy pocos tonos de gris en el medio, lo cual me genera baldes de ansiedad.  El cine y hasta la letra de la música ya no dejan nada a la imaginación y se desdibujaron los límites con los que los creativos nos “cuidaban” de lo que presuntamente no teníamos ganas de ver o de oír. Me cuesta creer que se busque algo más elevado que generar polvareda, pero sin embargo en nombre de las artes tuve que ver escenas de asesinatos, de violaciones, torturas gratuitas desde todo punto de vista y, más frecuentemente, insultos a mi Dios -en el que tengo derecho a creer en el nombre de la Constitución, pero a la vez no tengo derecho a creer si quiero ser considerada un ser humano pensante-.

Mientras muchas personas se sienten deslumbradas y sedientas del conocimiento total, de la experimentación del todo -mientras se ignoran las fronteras de lo que alguna vez se nos enseñó era el bien y el mal- yo observo con más miedo y repulsión que respeto. Pero hago simplemente eso: observar. No puedo hablar. No puedo decir que no estoy de acuerdo, al menos gratuitamente.

Decir que no te gusta algo que fue creado en el presunto marco de la realización creativa o de la mera necesidad humana de la expresión es sinónimo, desde algún momento incierto, de un fascismo macizo. No sé muy bien cómo se llega a eso desde el reinado del viejo “sobre gustos no hay nada escrito”, pero la realidad es que uno liga puteadas al mismo nivel que un delincuente si acaso estuviese -por tirar un ejemplo- reticente a escribir “todxs” porque no me parece degradante que para generalizar se use una palabra en género masculino, y a la vez ese recurso me resulta bastante impráctico para la lectura en voz alta. Traidora al movimiento feminista por bancar un tradicionalismo gramatical tendiente a extender el patriarcado, lo más suavecito que te pueden llegar a decir.

(Nunca lo dije porque por mucho menos he visto gente ser rostizada en las redes sociales, y soy más bien hincha del tengamos la fiesta en paz. Pues bien, he ahí mi terrible confesión)

Qué se le va a hacer. Soy cristiana, voté al Pro, odio mentir y que me mientan, no abortaría (aunque nunca me pronuncié en contra de que otra lo haga), haber estado al borde de una violación, sido víctima de varios acosos y amenazada con cuchillos por seis tipos me produjo una irreversible necesidad de que se instaure la pena de muerte, me desagrada que la gente de cualquier sexualidad se manosee adelante mío existiendo el concepto de intimidad y verdaderamente no disfruto que me insulten, directa o indirectamente, por estar configurada así. El mundo, mi crianza y los treinta variopintos años de experiencia que tengo en esta Tierra me hicieron así.

Pero no es tan simple. Si quiero estar en paz con mi entorno (que es de lo más heterogéneo) tengo que ser muda. Es demencial. Todos los días me vuelvo un poco más loca. Están logrando que sienta culpa por ser quien soy.

No siento el deseo ni tengo derecho a pedir a nadie que cambie su opinión, sus creencias o sus posturas. Soy bastante visceral y suelo ser analítica y discutidora en asuntos mucho menos existenciales. Lo que sí pido -en medio de una crasa desesperación psico-social- es respeto, y una revisión del concepto de igualdad: si tu Dios es un elefante, Cristina Fernández, Jehová, Maradona o la ciencia cruda, no sólo no nos tenemos que insultar sino que tenemos que aprender a ver, por encima de la configuración, lo que hace hermoso al otro y lo que nos alía con él: el amor, la belleza, el fortalecimiento de los valores y el deseo de crecer como personas, que son nuestros denominadores comunes. Si sé que te molesta que hable de ciertas cosas en ciertos términos, voy a procurar cuidarte eligiendo cómo digo las cosas. Y espero que vos hagas lo mismo.

Por el contrario, si tenés ganas de agarrártelas con algo, te sugiero lo siguiente: enemistémonos con la mala intención genuina y distingámosla de lo que es una mera diferencia de pareceres.

Devolveme mi voz. Decime que, seamos como seamos, entre vos y yo todo va a estar bien.

Demolición

Todos los informes de seguridad edilicia han llegado a la misma conclusión: esto se viene abajo.

Sin importar cuánto se gaste en mejoras en la fachada, las instalaciones están castigadas por el tiempo, el maltrato y las tensiones eléctricas anormales. Las paredes han soportado todo lo que han podido, pero las pérdidas de agua (extrañamente, agua salada) se ocuparon de humedecerlas al punto de generar una erosión irreversible. Hasta los propios cimientos se han aflojado y vuelto inestables para soportar el peso de la construcción.

Todo lo que habita el interior de este edificio, así como los vecinos y los transeúntes que pasan todos los días junto a él, corre serio peligro si no se toman medidas urgentes.

Hay que demoler.

Demoler las frustraciones, entendiendo que no hay mandato que me afecte si lo que busco es distinto de lo que éste me promete.

Tirar abajo todo lo que pretende devaluarme como mujer solo porque mi moldería es fastidiosamente inédita, siendo quizás esta la mejor muestra de mi invaluabilidad.

Implosionar con violencia, hasta que el núcleo de la Tierra se haga eco, las propias mentiras y amenazas que me mantuvieron encadenada y de lo cual soy la única responsable.

Que no quede nada de lo que me ha convertido en la nada.

Después, sobre las tierras removidas y vacías, eventualmente, empezar una obra nueva, fuerte, pura, única y destinada a tener muchos destinos. Que sea una cocina. Que sea un lugar donde la música resuene potentemente y pinte las paredes de colores nunca vistos. Que sea fragante y nunca esté privada de la luz. Donde los silencios sean como el calor e inviten a una introspección de las que dejan sonriendo, dando gracias por lo que nos rodea. Donde las puertas reconozcan de inmediato a quienes estén verdaderamente deseosos de entrar, y sean invisibles para quienes no sepan cómo lidiar con lo que existe en el interior.

Demoler. Y volver a empezar, pero bien.

 

Rutina

Abro trabajosamente los ojos. No dormí bien. Mis músculos parecen rechinar y resienten los esfuerzos diarios del ejercicio, ese con el que tanto insistieron los doctores que comience de una vez. Giro tratando de recuperar la flexibilidad luego de las horas de pétreas posiciones. La gata trata de volver a acomodarse en la cama y, como reprochando el que la mueva de su huequito, me clava las uñas suavemente.

Lo primero que logro mover con cierta precisión son mis dedos, en dirección a donde dejé el teléfono, casi siempre bajo la almohada. Se dicen muchas cosas sobre esta costumbre, incluyendo palabras como peligroradiación cáncer. No presto atención, porque mi teléfono es también mi despertador y poco sentido tiene tenerlo lejos del alcance de los sentidos. Además, radiación o no, me gusta tenerlo cerca. Es mi ventana al mundo, ¿para qué negarlo? En ese sentir abro Twitter y ahí mismo empieza a mojar mis pies el líquido negro y espeso de la realidad.

En este ritual me transfiguro en una autómata, que necesita estimularse con datos, que reacciona cansinamente ante fotografías y frases ingeniosas, y quizás hasta se emociona con videos de seis segundos de duración. Que encuentra descarga de sus miserias interiores en un tecleo breve y espera la retroalimentación de otros autómatas que, por alguna misteriosa razón, la leen día tras día. Y a las dos horas, ya sintiéndome acalorada dentro de las sábanas y algo avergonzada por mi letargo, me levanto y enfrento el panorama de mi casa desordenada, que cumple -como puede- su rol de hogar. Luego toca alistarme para ir a trabajar y hacer girar la rueda férrea de la rutina, en la que descubro que mi verdadera yo, la que sueña, la que crea, la que se siente viva, hace tiempo que no está invitada.

Gritos

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

Gritamos con las cuerdas de carne

de donde emanan, violentos,

juicios estruendosos, hechos de ira y viento

que dejan un temblor vibrante y absurdo

en el alma del otro.

 

Gritamos con los portazos

con los puños

con el dedo del medio.

 

Gritamos con las teclas, acariciando una pantalla,

con la ironía abriéndose un champán mientras

se ríe de nosotros.

 

Gritamos con nuestra inconstancia

con nuestra desidia

que odiamos lo que hacemos

y no hacemos lo que amamos.

 

Pero también gritamos con los besos

incluso los que

no damos

y se agolpan en el brillo húmedo

de nuestros ojos, como cuando te miro

y se pierde el cómo, el cuándo, el porqué de todo.

 

Gritamos con los latidos, con los temblores, con las mentiras

con las excusas

Gritamos porque somos bestias

como las que entienden, aunque no hablen, aunque no piensen

para qué nacieron y qué las hace plenas.

 

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

Bloqueo

Puedo sentir el calor de las teclas con las yemas de mis dedos tensos.

La imagen, desenfocada, se expande en lo que fantaseo son las paredes de mi cráneo, y como quien exagera al modular para hacerse entender ante un sordo, lucha por conectarse con mis manos. Quiere salir. Quiere bajar estrepitosa por mis dedos como el agua en un grifo abierto del todo.

No pasa nada.

El bloqueo del escritor es una basura. Una basura que hiede peor cuando no te dedicás a escribir y no tenés la necesidad de tipear para vivir. No tenés plazos ni editores que te esperen. No te presiona el instinto de supervivencia. ¿Por qué resolver algo que no es urgente? ¿hace falta ser creativo, existiendo Netflix, Youtube, Twitter, Facebook y la televisión por cable para alimentar las mismas regiones cerebrales?

Titila el cursor en la hoja blanca. Los dedos suben y bajan, pero no se deciden a besar las teclas. Mi corazón late con frustración y la idea golpea las paredes con el puño, abstracta hasta para sí, gritando sin que la entiendan. Es desesperante.

Los que han tenido una actitud silenciosa en la vida ciertamente podrán entenderme.

Por las razones que hayan imperado y que ahora son no más que vapor en mi memoria, fui una niña de pocas palabras. Supongo que la expresividad facial y una temprana predisposición a la lectura y la escritura me hicieron preferir los símbolos escritos antes que los sonidos de la lengua.

Las exposiciones orales fueron y aún son momentos de tropezones y vergüenzas, pero con la tinta y -revolución digital mediante- con el teclado, he logrado traducir las abstracciones de mi mente al castellano más redondo, creando textos capaces de materializar todo lo que soy puertas adentro. Cosa que no es poca cuando detrás de esas puertas poco ostentosas –salvo cuando me maquillo y peino un poco- hay cientos de habitaciones con los más variados contenidos esperando que las aireen. Decenas contienen miedos. En otras tantas moran deseos. Sin curiosear demasiado, notaríamos que algunas de estas puertas están abiertas, y otras se blindan bajo siete llaves; unas pocas esconden crasa devastación y cuesta sostener la mirada. Pero hay habitaciones que están lejos de los ojos del visitante incauto y hasta a veces de la dueña de la casa, en las que habitan impacientes las imágenes, nacidas allí mismo casi con un cuerpo, luz y potencia propias, y que con nervioso entusiasmo claman por esos diez apéndices de carne y sangre que tienen a cargo la misión de liberarlas y llevarlas a otro plano, a ser letras, formas, sucesos. Y a veces, alivio. El alivio que emana al darle voz a los pintorescos habitantes de este conventillo de materia gris. El alivio que, ahora que esto es letra, se expande triunfal dentro mío y me recuerda que sigo siendo -después de todo- la misma de siempre.

La de las letras.

La preeminencia de la queja y la eterna insatisfacción

Necesito dormir. No puedo dormir.

En mi cama, sitio donde antes hallaba descanso, ahora me asaltan taquicardias donde cada latido furioso es una preocupación distinta. Casi puedo sentirlas físicamente, golpeando los recovecos de mi cerebro. Amenazando con romperlo. Y hasta haciéndome desear que, finalmente, se rompa. Y todo esto se detenga.

No es un secreto que me siento miserable. Mis allegados lo ven. Los desconocidos lo ven. Y con razón; mi cara, mi porte y hasta mi piel dan cuenta del caos interior. Un caos de esos en que todo está prendido fuego, y hay tantos focos de incendio que no se sabe por donde empezar a sofocarlos.

Hasta estas palabras desesperadas son las únicas sobrevivientes de mi más vieja y postergada habilidad, que es la de expresar con precisión y sangre lo que soy. Y son una sombra, son retazos de lo que supieron ser. Me aburre leer. Me arrepiento al escribir. Me asustan las represalias a decir lo que pienso y por eso prefiero perderme en mis pensamientos, antes que oír puntos de vista que no soy capaz de discutir. La pasión por aprender desapareció. Y hasta creo que perdí la capacidad de aprender, al punto de que me sorprenda no babear.

En pocas palabras, mis sueños me aburrieron. Las ganas de pelear por algo son solo recuerdos de tiempos felices, en que estaba drogada de algo que ya no se consigue. No tengo mayores esperanzas ni expectativas.

There, I said it.