Temitas (I)

  1. Todo lo que pueda cerrar con llave, lo cierro con llave.
  2. Me hizo mal la expresión «levantarse con el pie izquierdo» porque no puedo bajarme de la cama apoyando un pie y luego el otro; para arrancar el día debo sentarme, girar y apoyar ambos pies en el piso.
  3. Tengo tantos cambios de humor al día como esmaltes de uñas. La última vez que los conté tenía 85 (ochenta y cinco).
  4. Hablo sola. Mucho.
  5. Tengo un odio visceral hacia una persona que casi siempre se toma el mismo colectivo que yo y se las ingenia para NUNCA pagar boleto. ODIO.
  6. Antes de salir me siento tentada de sacarme una foto con el atuendo del día y publicarla, en caso de tener que ser ubicada por la policía científica.
  7. En la misma ceremonia del punto anterior, me despido mentalmente de mi cara por si me toca sufrir un accidente con resultado de desfiguración.
  8. Nunca probé la cocaína pero el mate de la oficina me deja con un nivel de manija presuntamente similar.
  9. A las 2:45 a.m. me apago socialmente y abandono, en espíritu, cualquier reunión de más de tres personas en la que me encuentre.
  10. Pregono los beneficios de la dieta crudi-fruti-vegetariana y como más carne que el Turco Samid.
  11. No puedo dejarlo ir.

De esperas y sabores

Toda mi vida se trató de esperar.

Esperar que a mí también me dejaran entrar al jardín, con mi mochilita amarilla y mis ansias de cruzar esas puertas llenas de colores y canciones.

Esperar que se hagan las cuatro para que pasaran a los Pitufos, y ver a Gargamel correr derrotado junto al puto de Azrael.

Esperar a las doce, para por fin desenvolver los regalos de navidad que estaban en el arbolito, juntando polvo durante días, porque sabía que mi papá era un eficiente subordinado de Papá Noel y me había pedido expresamente que esperara.

Esperar los resultados de las primeras tareas, que inexorablemente tenían un Sobresaliente en una cursiva verde deliciosa. Tal era así que jugaba con mi compañero Jorgito a ver quién juntaba más Sobresalientes y siempre le gané, hasta que se cansó de perder.

Esperar a verlo cruzar la puerta del aula, a él, el primer chico que me gustó. Martín.

Esperar que se hagan las cinco de la mañana, hora a la que al fin habría de partir a la ruta con mis viejos y mis hermanos, rumbo a volver a sentir la arena de Pinamar, con todos mis libros y mis lápices de colores.

Esperar que se haga sábado para poder ir a jugar a otro colegio algo parecido a lo que llaman handball, con mis amigas del alma, y vivir mis primeras adrenalinas en la cancha. Esperar que me den esa medalla de campeonato.

Esperar a esos otros sábados increíbles en que había baile del colegio, y pedirle a los gritos al DJ que pase Azúcar Amargo, de Fey, para desatarme en la pista de baile.

Esperar a esa bendita menstruación, que Johnson y Johnson se ocupó de instruirme en que estaba llegando tarde. Esperar que la muy puta se me fuera de una vez.

Esperar que se diera cuenta que ya no lo veía como un amigo, y que quería que me tomara entera. Esperar que el dolor y la muerte lo embistan con violencia, por haberme dicho «¿no te das cuenta que nunca te dije te quiero de verdad?». Esperar en vano.

Esperar que éste, aquél y ese otro decidan al fin romper el silencio después de unos pocos entreveros físicos deslucidos; esperar hasta que el polvo del hartazgo me cubriera y decidiera remover de mi corazón, para siempre, esas espinas con nombres propios.

Esperar las calificaciones de la supervisora del callcenter, que me harían comisionar, ganar plata y hacerme sentir, por primera vez, algo parecido a la realización. Esperar ese break nefasto de diez minutos para clavarme ese pancho horrible del kiosco de enfrente, al lado del puterío de la calle Chacabuco, y preguntándome cuánto ganarían las chicas adentro.

Esperar que me llamara mi actual compañera para informarme que el puesto era mío, ya que todo lo que había aprendido en mis odiosos laburos previos era la base exacta que necesitaba para ser una secretaria. Esperar las vacaciones luego de un año de laburo arduo pero bien hecho. Esperar que se termine ese embole, porque no pude viajar a ninguna parte, para poder hacer algo nuevo.

Esperar que se enderecen los putos dientes, que el dolor de los alambres y las ampollas de los brackets sirvieran de algo.

Esperar el pedido de ebay con mis ingredientes de cocina, que convertirían a mis cupcakes en los más ricos y hermosos que la gente haya visto cerca.

Esperar que el trabajo, la facultad, los pedidos de cupcakes y la guita me alcanzaran para sentirme plena. Esperar que apareciera un hombre dispuesto a comprar el combo, aunque reservándome el derecho de admisión.

Esperar, esperar. Esperé toda la vida. Esperé hasta que me cansé.

En ése momento apareció él. Creo que no pasó una semana entre que me cansé y que apareció.

Le costó muchísimo hacerse ver, pero –detalles técnicos aparte– básicamente se hizo ver. Y todo lo demás, toda información contextual que pudiera o no venir al caso, quedó borroso y condenado a la irrelevancia.

Mis hombres, que nunca fueron míos, se volvieron polvo bajo sus suelas talle 43.

Ya no esperaba sino una palabra suya, un beso suyo, porque ya eran míos. Podía pedírselos sin temor a asustarlo, porque ya me había dicho que me amaba. Y yo, poco tiempo después, supe que también lo amaba.

Me di cuenta que la cosa iba en serio porque dejé de vivir el amor con el delirio de la idealización, y empecé a vivirlo como lo que es; pasarla bien haciendo cualquier cosa, como aporrear los joystics de la play, comer como salvajes, memorizar el cuerpo del otro a fuerza de roces, decirnos todo sin disfrazar una sola palabra de lo que pensábamos, o cruzar de mi mano el umbral de mi casa para conocer a los otros amores de mi vida. Que el estar gordo o no fuera completamente irrelevante, ya que nos encantábamos tal y como éramos. Reírnos en el delirio y en la realidad tangible. Dormirnos enroscados en ese colchón de tapizado cruel. Amarnos en todos los escenarios y en todas las situaciones.

Algo entre ese descubrimiento y el hoy, que me encuentra tipeando estas líneas, algo que tuvo una explicación que todavía busco asimilar, pasó. Y no pasó más nada. Lo que se hizo polvo bajo sus pies siguió siendo polvo, y lo que había quedado borroso y condenado a la irrelevancia, permaneció así.

Sigo sin esperar. Bah. Sigo esperando otras cosas: bondis, viernes, depósitos de sueldo, quizás un departamento que tenga mi independencia adentro. Pero fuera de eso, dejé de esperar. Porque dejé de desear.

Sé que tengo que vivir. Sé que tengo que trabajar. Que tengo que salir. Que tengo que reír. Que tengo que hacer todas esas cosas que hace una persona que nació en un lugar como Buenos Aires y que tiene que saber cagar al trote para que no la hagan bondiola. Y lo hago.

Pero las hago, que se sepa, para tratar de callar la idea permanente. Esa idea que ya es una cicatriz blanquecina en la piel que no ve nadie. Que todo lo que hago ya no tiene gusto.

No es que sienta que nada tenga sentido –vivir siempre lo tiene–pero todo se me hace aburrido, cansador, desabrido. Es como comer todos los días algo distinto, pero con la lengua seca. Es vivir los días de memoria, aunque nunca haya experimentado las vivencias que me se me depararon.

Nunca había sentido un hastío semejante.

No sólo era el amor, sino el sabor de mi vida. Y aunque coma, ya no le siento gusto a nada.

Rompería todos los relojes del mundo. Rompería el tiempo y el espacio en el momento en que los dos no queríamos más que vivirnos, sabiendo que éramos todo lo que el otro quería tener a su lado. Rompería todas mis esperas y las suyas, antes que todo se cayera. Rompería mis esperanzas, las más férreas y densas de las esperas, porque no harían falta nunca más, ya que todo lo que merecía espera estaría ahí. Él estaría ahí.

Pero no puedo romper más nada. No puedo construir más nada. Tengo los dedos rotos de tanto estrellar el puño contra la pared. Pero el dolor que siento al escribir estas palabras es un sacrificio válido.

Merece saberse que mi espera más dura tuvo final. Encontré a la persona que esperaba tener a mi lado. Un hombre que me vio cuando no me veía nadie. Que me conoció antes de que pudiera darme cuenta que estaba allí, y que no tuvo que hacer más que ser él mismo para enamorarme por completo. Que se rió de mis complejos para hacerme abrazarlos como virtudes.  Que estuvo presente. Que me cuidó de día y de noche. Que tenía en su cabeza terabytes de datos sobre cualquier tema y a su vez soportaba estoicamente mis explicaciones de cosas que quizás no le interesaban, y que luego recordaba. Que tenía una cutícula rasposa que nunca me dejó cortar. La persona que me daba marco en el muro desparejo y descascarado que es este planeta. La persona que amo. Y que ya no tengo el privilegio de tener conmigo.

Espero una última cosa, antes de seguir viviendo esta vida desabrida. Espero que los ojos que me leen amen. Que se dejen amar. Que vivan sin esperas. Que encuentren al sabor de su vida – quizás en un Falabella – y que todo lo que cocinen con él, sea una delicia, digna de compartir con todo aquel que guste una porción.

 

 

 

Necedad

Trazarte con grafito

sin apurarme

como si fuese un encuentro más

 

en una hoja que no te conoce

pero que hiero haciendo violentos surcos,

como un grabado de lo que ya no tengo

de tu pelo, tus ojos severos

que tenían el mundo en sus profundidades.

 

Una hoja que no entiende de ausencias

porque ve sus hundidas cicatrices

aunque te borren mis manos enojadas y

el tiempo inclemente,

y necia repite que estás

y que no te vas a ir.

 

Supongo que las cosas se parecen a sus dueños.

 

 

Vera

A madame la comtesse d’Osmoy:
La forma del cuerpo le es más esencial
que su propia sustancia.

El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites.

Concluía una tarde otoñal en París. Cerca del sombrío «faubourg de Saint–Germain», algunos carruajes, ya alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo delante del portalón de una gran casa señorial, rodeada de jardines antiguos. Encima del arco destacaba un escudo de piedra con las armas de la vieja familia de los condes D’Athol: una estrella de plata sobre fondo de azur, con la divisa «Pallida Victrix», bajo la corona principesca forrada de armiño. Las pesadas hojas de la puerta se abrieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro mortalmente pálido, descendió. En la escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarles, él subió los peldaños y entró. Era el conde D’Athol.

Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conducían a aquella habitación donde, en la misma mañana, había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso y desesperado, a su pálida esposa, Vera. En lo alto, la puerta giró suavemente sobre la alfombra. El levantó las cortinas. Todos los objetos permanecían en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se perdió en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido. Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal. Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se cerraron para siempre. Aquella jornada sin nombre ya había transcurrido.

Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón familiar, el conde D’Athol despidió a la fúnebre escolta. Después solo, encerróse con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, cerrando la puerta de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd. Una corona luminosa de lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas. Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón. Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo esto…?

Con certeza esto obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más. Y ahora, él revisó la solitaria habitación. La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. Un último y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El conde miró a su alrededor. La ropa estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. sobre la chimenea estaban las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que «su» amada no aspiraría nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la almohada, en el lugar donde la cabeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante.

El piano permanecía abierto, a la espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban dentro del vaso de Sajonia. A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales, de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas:

-Quien vea a Vera la amará.

Los pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día anterior, moviendo a cada paso el edredón de plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las horas. Así, pues, ella había partido… ¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible, absurdo… Y el conde se abismó en aquellos pensamientos extraños y sobrecogedores, rememorando toda la existencia pasada. Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el baile de una embajada, donde la vio por primera vez…? Sí, ese instante se recreaba ante sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se habían encontrado. Ellos se habían reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza igual, y en adelante se amaron para siempre.

Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro. Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida. ¡Oh! Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. ¡Qué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos! Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos seres dotados de sentidos maravillosos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas. Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma por ejemplo, del Infinito, de «Dios mismo», estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para criticar o aprobar.

En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los ruidos del exterior. Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas parecían compenetrarse, y los besos ardientes les encadenaban en una fusión ideal. ¡Prolongado deslumbramiento!

La muerte había destruido el encanto. El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida muerta? ¡Muerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que se quiebra? Transcurrieron las horas. A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como algo «personal». Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro.

–Es Vera –pensó él.

Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después, enderezándose miró en torno suyo. En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea. La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo; la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un «supersticioso» amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara.

Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón hacerlo sonar. Apareció un servidor. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido.

–Raymond –dijo tranquilamente el conde–, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo. Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie.

El mayordomo temblaba y le miraba con atención. El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines. El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto. Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer…? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una noche?

–Mañana, mañana… ¡Ay de mí! Pero, ¿quién sabe…? ¡Quizá! Después de todo es un proyecto sagrado… ¿Con qué derecho me dedico a reflexionar sobre ello?

Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia. Se trataba de crear un terrible espejismo. El embarazo de los primeros días se borró súbitamente. Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. El se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba.

Tenía miedo, un miedo indeciso, suave… D’Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la «Ilusión» sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón. Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D’Athol vivía doblemente iluminado.

Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos; un débil acorde que hería de repente el piano; un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientos «femeninos» que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. ¡Era una negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, D’Athol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera.

–¡Chiquilla! –murmuró él sonriente.

Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada. El día de su «cumpleaños» colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera.

–Puesto que ella se cree muerta… –murmuró él.

Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D’Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón; el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal modo que resultaba todo de lo más «natural»!

Había transcurrido un año.

En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un cuento florentino, «Callimaque» cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:

–«Douschka», ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo de Cuatro Torres…? Estas historias te lo han recordado, ¿no es verdad?

Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve. Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto a encender en el relicario…? Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de ojos cerrados de la Madona. Y esas flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de colocarlas?

La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre. Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año. Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba por volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor.

Su presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí. Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta, allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había temblado en la tumba, completamente sola, mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también deseaba volver con él! Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo; pero la muerte y los cielos, y la vida, ¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la «amaban» en su oscura simpatía, la inmensa y absoluta «necesidad» de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR!

¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos…!

El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría. En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡«Ella debía estar allí, en la habitación»! El estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. «Y como no faltaba más que la misma Vera», tangible, exterior, «era preciso que ella se encontrase allí» y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por un momento sus puertas infinitas.

El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella. Un fresco estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.

–¡Roger…! –exclamó con voz lejana.

El se le acercó. Sus labios se unieron en una alegría divina, extasiada, inmortal. Y entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un «solo ser» Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo. De repente, el conde D’Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.

–¡Ah! Ahora recuerdo… ¿Qué es lo que me sucede…? ¡Pero si tú estás muerta!

En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las velas vacilaron y se apagaron, dejando humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad. La «certeza» de todos los objetos se esfumó de golpe. El ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y esfumándose entre los brazos desesperados, que en vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y se perdió.

El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos. Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo, asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.

–¡Oh! –gimió él–. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido…! ¡Otra vez vuelve a estar sola…! ¿Cuál es ahora la ruta para llegar hasta ti..? ¡Indícame el camino que puede conducirme hasta ti!

De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la negra piel con un ruido metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó… El abandonado se inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocer aquel objeto.

Era la llave de la tumba.

Auguste Villiers de L’Isle-Adam (1838-1889)

De muertes, nacimientos y cupcakes

En nueve meses no sólo se gestan personas.

La última entrada del blog buscaba un reencuentro con las letras, quizás por ser las únicas capaces de propinar analgesia a una vida quizás más chata y tajante de lo que hubiera deseado. Pues bien, no lo fueron.

El verano pasado inicié una afición que, paulatinamente, se convertiría en una de mis pasiones. La más nueva, y hasta el momento, la más tangible. La que no sólo me hace feliz a mí, sino que hace felices a quienes se la comparto.

Lo que en estos nueve (diez, quizás, siendo que no tengo una fecha exacta) meses se estuvo gestando en Mundo Ce se llama Butterdream.

Butterdream es un emprendimiento de pastelería que, por el momento, se avoca exclusivamente a los cupcakes, unos simpáticos pastelitos cuyo espectro de sabores y diseños no tiene límites.

Comenzó en mi cocina una noche en que una receta que encontré en internet me mostró que tenía algo de talento. Fui desarrollando la curiosidad, y con ella, variantes cada vez más deliciosas de algo que -descubrí- me entretenía muchísimo hacer. Convidando los frutos de mi curiosidad, inevitablemente, surgió la pregunta: “¿y si los empiezo a vender?”. Y sí, empecé. Y no paré.

Trabajo a pedido, ayudada por el llamado boca a boca y mis incondicionales amigos, que nunca dejan de empujar. Aún cuando yo me desinflo y tengo ganas de parar, ellos siguen, desde su lugar, mandándome clientes y dándome loas en sus lugares de trabajo y entre sus propios amigos. No tengo menos que agradecimiento eterno para ellos.

Ahora mismo voy a hacer una confesión difícil. No un poco, no medio, sino difícil. Bastante difícil.

No estuve teniendo ganas de seguir con esto. Con esto, la vida, esto que bulle en la sangre.

Explicar el porqué sería absurdo. Desear la muerte no tiene explicación. Es antinatural. Sí se podría explicar por qué tengo una tristeza que a veces me hace preferir no sentir más.

Me veo total y absolutamente carente de virtud. Inaceptable en todo aspecto. Estoy irascible, envidiosa de quien tiene plenitud. Crítica, cínica. Superficial. Me someto a privaciones para castigarme. Y se siente en carne viva. Mi cuerpo sufre, mi piel se seca, y le cuesta despertar todos los días. No hay noche en que duerma bien. Recuerdo los rechazos que padecí toda mi vida, las vergüenzas, las deshonras. El haber sido sistemática y completamente eclipsada por otra mujer ante cada hombre que intenté amar, ante la falta de luz propia.

Me veo a mí misma ajada, sola y sin una brizna de brillo en mis ojos, esperando que todo se termine de una vez.

Lucho contra esto todos los días.

Nuevamente, es antinatural desear la muerte. La muerte no se desea, ni siquiera se espera. Se asume como una eventualidad, como un punto final que nosotros no escribimos ni aunque tengamos la pluma cargada de tinta.

Dicen que cuando te convertís en padre, la vida cobra un sentido nuevo. Empezás a vivir por algo que no sos vos. Velás porque tu bebé tenga todo lo que necesite para crecer sano. Lo ayudás a pararse. Lo hacés caminar, lo ves correr. Lo formás. Lo ayudás a que eventualmente desarrolle su identidad. Y te da el orgullo de mirarte, enorme, diciéndote que hiciste las cosas bien.

Quizás mi proyecto, mi bebé, sea esto que me rescate. Lo que deje de hacer que mire mi propio ombligo y se convierta en algo que me recuerde que todo esto tenía una razón de ser. Que todo me llevó, de alguna manera, a formarlo y verlo hacerle bien a otras personas.

Quiero ser excelente. Quiero que quienes coman mis creaciones se deleiten y se alegren con cada bocado. Quiero estar en momentos importantes, en fiestas de cumpleaños, en casamientos, en reuniones de amigos, en recuerdos felices.

Quiero salvar mi vida. Y soñar esto, crearlo, me parece una excelente forma de hacerlo.

Historia de la mujer demasiado hermosa

HISTORIA DE LA MUJER DEMASIADO HERMOSA

En la calle Bacacay vive una mujer muy hermosa. Tan hermosa que no es posible describir su aspecto, pues quien alcanza a verla se muere. La mujer está triste y desesperada.

Todas las noches se sienta frente al espejo y pasa largas horas tratando de afearse con estuques y carmines. Pero no hay nada que hacerle: cada día está más linda y más sola.

Su hermana —dicen— no vale gran cosa y sin embargo tiene uno o quizá dos novios.

Los muchachos valientes de Flores juran que son capaces de desafiar a la muerte con tal de ver a la mujer demasiado hermosa.

Pero siempre llaman a puertas equivocadas, donde los reciben señoritas vulgares o japoneses que no comprenden el idioma.

 

Crónicas del Ángel Gris – Alejandro Dolina

Entre los tantos cientos de textos que alguna vez he leído, este fragmento es uno de esos que me son imposibles de olvidar. Forma parte de un pequeño compendio de historias que aparecen en la crónica Los Narradores de Historias, en esta lucida (y siempre sorprendente, cada vez que la leo) obra de Dolina.

Lo leí por primera vez mientras hojeaba el libro a los ocho años, en unas vacaciones en Pinamar. Llovió tanto esos días, que no me quedó otra opción más que revolver la pila de libros que mi mamá llevaba a todas partes. Me llamó muchísimo la atención, y desde entonces, a cada nueva visita que le hago al libro, le encuentro una significación nueva.

Esto va a sonar muy pedante, en primera instancia, pero de todas maneras lo voy a decir.

No puedo evitar sentir una identificación con esta mujer. Notarán que el autor no la describe. No la delimita en un aspecto específico.  No nos dice si es morocha, si sus labios son carnosos y dulces, si sus ojos son rasgados e intensos. No nos dice nada, salvo el destino fatal de quien la observa.

Las imágenes son claras. Ella está atada por una realidad injusta, y oculta a perpetuidad tras una maraña de virtudes que la vedan de ser amada. Al lado de una imposible, las mujeres vulgares siempre ganan.

Su misma perfección la aleja de ser feliz. La idealidad que la reviste la vuelve un sinsentido insoportable. Y ella no quiere saber más nada con eso. Quiere ser vulgar, común, accesible.

Muchas veces me quedé sin entender, en lo personal, por qué tengo ese mismo problema. Me es imposible hacerme ver. Los pocos que lo logran, parten sin más. Contadas ocasiones me tuvieron a mí abriendo la puerta de salida. Pero en el resto de los casos, honestamente, no entiendo qué pasó.

Es entonces que mi ánimo se pone a saludar antípodas y, a la búsqueda de contención y respuestas, la gente que me quiere suele enfatizar todos esos ítems que me hacen hermosa, independientemente de los estándares físicos que imperan hoy por hoy. Algunas de estas personas me hacen pensar, casi, que soy perfecta… al menos hasta donde le puede llegar a incumbir a un hombre. No entender dónde están tus falencias tan terribles te mueve a pensar que no tenés nada para cambiar.

La mujer demasiado hermosa está harta de ser demasiado, y quisiera renunciar a todo lo que tiene con tal de ser aceptada.

Me gustaría poder exhortarla a desistir.

Quisiera convencerla, además, de tomar un curso de acción.

Uno es el de esperar que aparezca el kamikaze que, movido por el reto a descubrirla, soporte quizás penurias equivalentes a las suyas.

Otro es bajarse un poco de la torre de la inseguridad, y pisar de una vez ese mundo incómodo que en algún lugar tiene un rincón con su silueta. Donde pueda hacer la vida que quiera, siendo ella y nadie más. Donde pueda sacarse los rótulos que la marcaron de chica, y pueda sentirse como una mujer hermosa en todos los niveles, finalmente merecedora del amor.

El tercer curso de acción consiste en asumir verdad en los otros dos caminos, y elaborar por sí misma un tercero: entender que la búsqueda no es exclusivamente suya ni del otro. Y que de nada sirve esperar sentada bajo el temor de la fatalidad. Lo único viable es mover el torrente de sucesos con el simple hecho de salir a vivir.

Ojalá elijas esto último, mujer.