Demolición

Todos los informes de seguridad edilicia han llegado a la misma conclusión: esto se viene abajo.

Sin importar cuánto se gaste en mejoras en la fachada, las instalaciones están castigadas por el tiempo, el maltrato y las tensiones eléctricas anormales. Las paredes han soportado todo lo que han podido, pero las pérdidas de agua (extrañamente, agua salada) se ocuparon de humedecerlas al punto de generar una erosión irreversible. Hasta los propios cimientos se han aflojado y vuelto inestables para soportar el peso de la construcción.

Todo lo que habita el interior de este edificio, así como los vecinos y los transeúntes que pasan todos los días junto a él, corre serio peligro si no se toman medidas urgentes.

Hay que demoler.

Demoler las frustraciones, entendiendo que no hay mandato que me afecte si lo que busco es distinto de lo que éste me promete.

Tirar abajo todo lo que pretende devaluarme como mujer solo porque mi moldería es fastidiosamente inédita, siendo quizás esta la mejor muestra de mi invaluabilidad.

Implosionar con violencia, hasta que el núcleo de la Tierra se haga eco, las propias mentiras y amenazas que me mantuvieron encadenada y de lo cual soy la única responsable.

Que no quede nada de lo que me ha convertido en la nada.

Después, sobre las tierras removidas y vacías, eventualmente, empezar una obra nueva, fuerte, pura, única y destinada a tener muchos destinos. Que sea una cocina. Que sea un lugar donde la música resuene potentemente y pinte las paredes de colores nunca vistos. Que sea fragante y nunca esté privada de la luz. Donde los silencios sean como el calor e inviten a una introspección de las que dejan sonriendo, dando gracias por lo que nos rodea. Donde las puertas reconozcan de inmediato a quienes estén verdaderamente deseosos de entrar, y sean invisibles para quienes no sepan cómo lidiar con lo que existe en el interior.

Demoler. Y volver a empezar, pero bien.

 

Gritos

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

Gritamos con las cuerdas de carne

de donde emanan, violentos,

juicios estruendosos, hechos de ira y viento

que dejan un temblor vibrante y absurdo

en el alma del otro.

 

Gritamos con los portazos

con los puños

con el dedo del medio.

 

Gritamos con las teclas, acariciando una pantalla,

con la ironía abriéndose un champán mientras

se ríe de nosotros.

 

Gritamos con nuestra inconstancia

con nuestra desidia

que odiamos lo que hacemos

y no hacemos lo que amamos.

 

Pero también gritamos con los besos

incluso los que

no damos

y se agolpan en el brillo húmedo

de nuestros ojos, como cuando te miro

y se pierde el cómo, el cuándo, el porqué de todo.

 

Gritamos con los latidos, con los temblores, con las mentiras

con las excusas

Gritamos porque somos bestias

como las que entienden, aunque no hablen, aunque no piensen

para qué nacieron y qué las hace plenas.

 

Sorprende cómo gritamos,

como bestias,

ante los clamores que nos bullen en la sangre.

 

De esperas y sabores

Toda mi vida se trató de esperar.

Esperar que a mí también me dejaran entrar al jardín, con mi mochilita amarilla y mis ansias de cruzar esas puertas llenas de colores y canciones.

Esperar que se hagan las cuatro para que pasaran a los Pitufos, y ver a Gargamel correr derrotado junto al puto de Azrael.

Esperar a las doce, para por fin desenvolver los regalos de navidad que estaban en el arbolito, juntando polvo durante días, porque sabía que mi papá era un eficiente subordinado de Papá Noel y me había pedido expresamente que esperara.

Esperar los resultados de las primeras tareas, que inexorablemente tenían un Sobresaliente en una cursiva verde deliciosa. Tal era así que jugaba con mi compañero Jorgito a ver quién juntaba más Sobresalientes y siempre le gané, hasta que se cansó de perder.

Esperar a verlo cruzar la puerta del aula, a él, el primer chico que me gustó. Martín.

Esperar que se hagan las cinco de la mañana, hora a la que al fin habría de partir a la ruta con mis viejos y mis hermanos, rumbo a volver a sentir la arena de Pinamar, con todos mis libros y mis lápices de colores.

Esperar que se haga sábado para poder ir a jugar a otro colegio algo parecido a lo que llaman handball, con mis amigas del alma, y vivir mis primeras adrenalinas en la cancha. Esperar que me den esa medalla de campeonato.

Esperar a esos otros sábados increíbles en que había baile del colegio, y pedirle a los gritos al DJ que pase Azúcar Amargo, de Fey, para desatarme en la pista de baile.

Esperar a esa bendita menstruación, que Johnson y Johnson se ocupó de instruirme en que estaba llegando tarde. Esperar que la muy puta se me fuera de una vez.

Esperar que se diera cuenta que ya no lo veía como un amigo, y que quería que me tomara entera. Esperar que el dolor y la muerte lo embistan con violencia, por haberme dicho «¿no te das cuenta que nunca te dije te quiero de verdad?». Esperar en vano.

Esperar que éste, aquél y ese otro decidan al fin romper el silencio después de unos pocos entreveros físicos deslucidos; esperar hasta que el polvo del hartazgo me cubriera y decidiera remover de mi corazón, para siempre, esas espinas con nombres propios.

Esperar las calificaciones de la supervisora del callcenter, que me harían comisionar, ganar plata y hacerme sentir, por primera vez, algo parecido a la realización. Esperar ese break nefasto de diez minutos para clavarme ese pancho horrible del kiosco de enfrente, al lado del puterío de la calle Chacabuco, y preguntándome cuánto ganarían las chicas adentro.

Esperar que me llamara mi actual compañera para informarme que el puesto era mío, ya que todo lo que había aprendido en mis odiosos laburos previos era la base exacta que necesitaba para ser una secretaria. Esperar las vacaciones luego de un año de laburo arduo pero bien hecho. Esperar que se termine ese embole, porque no pude viajar a ninguna parte, para poder hacer algo nuevo.

Esperar que se enderecen los putos dientes, que el dolor de los alambres y las ampollas de los brackets sirvieran de algo.

Esperar el pedido de ebay con mis ingredientes de cocina, que convertirían a mis cupcakes en los más ricos y hermosos que la gente haya visto cerca.

Esperar que el trabajo, la facultad, los pedidos de cupcakes y la guita me alcanzaran para sentirme plena. Esperar que apareciera un hombre dispuesto a comprar el combo, aunque reservándome el derecho de admisión.

Esperar, esperar. Esperé toda la vida. Esperé hasta que me cansé.

En ése momento apareció él. Creo que no pasó una semana entre que me cansé y que apareció.

Le costó muchísimo hacerse ver, pero –detalles técnicos aparte– básicamente se hizo ver. Y todo lo demás, toda información contextual que pudiera o no venir al caso, quedó borroso y condenado a la irrelevancia.

Mis hombres, que nunca fueron míos, se volvieron polvo bajo sus suelas talle 43.

Ya no esperaba sino una palabra suya, un beso suyo, porque ya eran míos. Podía pedírselos sin temor a asustarlo, porque ya me había dicho que me amaba. Y yo, poco tiempo después, supe que también lo amaba.

Me di cuenta que la cosa iba en serio porque dejé de vivir el amor con el delirio de la idealización, y empecé a vivirlo como lo que es; pasarla bien haciendo cualquier cosa, como aporrear los joystics de la play, comer como salvajes, memorizar el cuerpo del otro a fuerza de roces, decirnos todo sin disfrazar una sola palabra de lo que pensábamos, o cruzar de mi mano el umbral de mi casa para conocer a los otros amores de mi vida. Que el estar gordo o no fuera completamente irrelevante, ya que nos encantábamos tal y como éramos. Reírnos en el delirio y en la realidad tangible. Dormirnos enroscados en ese colchón de tapizado cruel. Amarnos en todos los escenarios y en todas las situaciones.

Algo entre ese descubrimiento y el hoy, que me encuentra tipeando estas líneas, algo que tuvo una explicación que todavía busco asimilar, pasó. Y no pasó más nada. Lo que se hizo polvo bajo sus pies siguió siendo polvo, y lo que había quedado borroso y condenado a la irrelevancia, permaneció así.

Sigo sin esperar. Bah. Sigo esperando otras cosas: bondis, viernes, depósitos de sueldo, quizás un departamento que tenga mi independencia adentro. Pero fuera de eso, dejé de esperar. Porque dejé de desear.

Sé que tengo que vivir. Sé que tengo que trabajar. Que tengo que salir. Que tengo que reír. Que tengo que hacer todas esas cosas que hace una persona que nació en un lugar como Buenos Aires y que tiene que saber cagar al trote para que no la hagan bondiola. Y lo hago.

Pero las hago, que se sepa, para tratar de callar la idea permanente. Esa idea que ya es una cicatriz blanquecina en la piel que no ve nadie. Que todo lo que hago ya no tiene gusto.

No es que sienta que nada tenga sentido –vivir siempre lo tiene–pero todo se me hace aburrido, cansador, desabrido. Es como comer todos los días algo distinto, pero con la lengua seca. Es vivir los días de memoria, aunque nunca haya experimentado las vivencias que me se me depararon.

Nunca había sentido un hastío semejante.

No sólo era el amor, sino el sabor de mi vida. Y aunque coma, ya no le siento gusto a nada.

Rompería todos los relojes del mundo. Rompería el tiempo y el espacio en el momento en que los dos no queríamos más que vivirnos, sabiendo que éramos todo lo que el otro quería tener a su lado. Rompería todas mis esperas y las suyas, antes que todo se cayera. Rompería mis esperanzas, las más férreas y densas de las esperas, porque no harían falta nunca más, ya que todo lo que merecía espera estaría ahí. Él estaría ahí.

Pero no puedo romper más nada. No puedo construir más nada. Tengo los dedos rotos de tanto estrellar el puño contra la pared. Pero el dolor que siento al escribir estas palabras es un sacrificio válido.

Merece saberse que mi espera más dura tuvo final. Encontré a la persona que esperaba tener a mi lado. Un hombre que me vio cuando no me veía nadie. Que me conoció antes de que pudiera darme cuenta que estaba allí, y que no tuvo que hacer más que ser él mismo para enamorarme por completo. Que se rió de mis complejos para hacerme abrazarlos como virtudes.  Que estuvo presente. Que me cuidó de día y de noche. Que tenía en su cabeza terabytes de datos sobre cualquier tema y a su vez soportaba estoicamente mis explicaciones de cosas que quizás no le interesaban, y que luego recordaba. Que tenía una cutícula rasposa que nunca me dejó cortar. La persona que me daba marco en el muro desparejo y descascarado que es este planeta. La persona que amo. Y que ya no tengo el privilegio de tener conmigo.

Espero una última cosa, antes de seguir viviendo esta vida desabrida. Espero que los ojos que me leen amen. Que se dejen amar. Que vivan sin esperas. Que encuentren al sabor de su vida – quizás en un Falabella – y que todo lo que cocinen con él, sea una delicia, digna de compartir con todo aquel que guste una porción.

 

 

 

Necedad

Trazarte con grafito

sin apurarme

como si fuese un encuentro más

 

en una hoja que no te conoce

pero que hiero haciendo violentos surcos,

como un grabado de lo que ya no tengo

de tu pelo, tus ojos severos

que tenían el mundo en sus profundidades.

 

Una hoja que no entiende de ausencias

porque ve sus hundidas cicatrices

aunque te borren mis manos enojadas y

el tiempo inclemente,

y necia repite que estás

y que no te vas a ir.

 

Supongo que las cosas se parecen a sus dueños.

 

 

Historia de la mujer demasiado hermosa

HISTORIA DE LA MUJER DEMASIADO HERMOSA

En la calle Bacacay vive una mujer muy hermosa. Tan hermosa que no es posible describir su aspecto, pues quien alcanza a verla se muere. La mujer está triste y desesperada.

Todas las noches se sienta frente al espejo y pasa largas horas tratando de afearse con estuques y carmines. Pero no hay nada que hacerle: cada día está más linda y más sola.

Su hermana —dicen— no vale gran cosa y sin embargo tiene uno o quizá dos novios.

Los muchachos valientes de Flores juran que son capaces de desafiar a la muerte con tal de ver a la mujer demasiado hermosa.

Pero siempre llaman a puertas equivocadas, donde los reciben señoritas vulgares o japoneses que no comprenden el idioma.

 

Crónicas del Ángel Gris – Alejandro Dolina

Entre los tantos cientos de textos que alguna vez he leído, este fragmento es uno de esos que me son imposibles de olvidar. Forma parte de un pequeño compendio de historias que aparecen en la crónica Los Narradores de Historias, en esta lucida (y siempre sorprendente, cada vez que la leo) obra de Dolina.

Lo leí por primera vez mientras hojeaba el libro a los ocho años, en unas vacaciones en Pinamar. Llovió tanto esos días, que no me quedó otra opción más que revolver la pila de libros que mi mamá llevaba a todas partes. Me llamó muchísimo la atención, y desde entonces, a cada nueva visita que le hago al libro, le encuentro una significación nueva.

Esto va a sonar muy pedante, en primera instancia, pero de todas maneras lo voy a decir.

No puedo evitar sentir una identificación con esta mujer. Notarán que el autor no la describe. No la delimita en un aspecto específico.  No nos dice si es morocha, si sus labios son carnosos y dulces, si sus ojos son rasgados e intensos. No nos dice nada, salvo el destino fatal de quien la observa.

Las imágenes son claras. Ella está atada por una realidad injusta, y oculta a perpetuidad tras una maraña de virtudes que la vedan de ser amada. Al lado de una imposible, las mujeres vulgares siempre ganan.

Su misma perfección la aleja de ser feliz. La idealidad que la reviste la vuelve un sinsentido insoportable. Y ella no quiere saber más nada con eso. Quiere ser vulgar, común, accesible.

Muchas veces me quedé sin entender, en lo personal, por qué tengo ese mismo problema. Me es imposible hacerme ver. Los pocos que lo logran, parten sin más. Contadas ocasiones me tuvieron a mí abriendo la puerta de salida. Pero en el resto de los casos, honestamente, no entiendo qué pasó.

Es entonces que mi ánimo se pone a saludar antípodas y, a la búsqueda de contención y respuestas, la gente que me quiere suele enfatizar todos esos ítems que me hacen hermosa, independientemente de los estándares físicos que imperan hoy por hoy. Algunas de estas personas me hacen pensar, casi, que soy perfecta… al menos hasta donde le puede llegar a incumbir a un hombre. No entender dónde están tus falencias tan terribles te mueve a pensar que no tenés nada para cambiar.

La mujer demasiado hermosa está harta de ser demasiado, y quisiera renunciar a todo lo que tiene con tal de ser aceptada.

Me gustaría poder exhortarla a desistir.

Quisiera convencerla, además, de tomar un curso de acción.

Uno es el de esperar que aparezca el kamikaze que, movido por el reto a descubrirla, soporte quizás penurias equivalentes a las suyas.

Otro es bajarse un poco de la torre de la inseguridad, y pisar de una vez ese mundo incómodo que en algún lugar tiene un rincón con su silueta. Donde pueda hacer la vida que quiera, siendo ella y nadie más. Donde pueda sacarse los rótulos que la marcaron de chica, y pueda sentirse como una mujer hermosa en todos los niveles, finalmente merecedora del amor.

El tercer curso de acción consiste en asumir verdad en los otros dos caminos, y elaborar por sí misma un tercero: entender que la búsqueda no es exclusivamente suya ni del otro. Y que de nada sirve esperar sentada bajo el temor de la fatalidad. Lo único viable es mover el torrente de sucesos con el simple hecho de salir a vivir.

Ojalá elijas esto último, mujer.

La sangre harta y el porqué ausente

No hay palabra o frase capaz de romper la barrera entre su despliegue y la nada que impera cuando no lo hace. No hay actos premeditados que lo dobleguen. No hay sonido ni fragancia que lo materialice.

 

Nunca hubo método válido para hacer suceder al amor.

 

Ahora que lo sé, sigue sin ser fácil. Trago saliva. Lo sé, pero no lo entiendo. No entiendo esta realidad que no te contiene. No entiendo por qué te conocí, por qué todo. La sangre camina en círculos adentro mío, harta, amarga, pidiéndome explicaciones. Dirección. Objetivo. Finalidad.

 

Quiero mi porqué. O, en su defecto, a vos.