Demolición

Todos los informes de seguridad edilicia han llegado a la misma conclusión: esto se viene abajo.

Sin importar cuánto se gaste en mejoras en la fachada, las instalaciones están castigadas por el tiempo, el maltrato y las tensiones eléctricas anormales. Las paredes han soportado todo lo que han podido, pero las pérdidas de agua (extrañamente, agua salada) se ocuparon de humedecerlas al punto de generar una erosión irreversible. Hasta los propios cimientos se han aflojado y vuelto inestables para soportar el peso de la construcción.

Todo lo que habita el interior de este edificio, así como los vecinos y los transeúntes que pasan todos los días junto a él, corre serio peligro si no se toman medidas urgentes.

Hay que demoler.

Demoler las frustraciones, entendiendo que no hay mandato que me afecte si lo que busco es distinto de lo que éste me promete.

Tirar abajo todo lo que pretende devaluarme como mujer solo porque mi moldería es fastidiosamente inédita, siendo quizás esta la mejor muestra de mi invaluabilidad.

Implosionar con violencia, hasta que el núcleo de la Tierra se haga eco, las propias mentiras y amenazas que me mantuvieron encadenada y de lo cual soy la única responsable.

Que no quede nada de lo que me ha convertido en la nada.

Después, sobre las tierras removidas y vacías, eventualmente, empezar una obra nueva, fuerte, pura, única y destinada a tener muchos destinos. Que sea una cocina. Que sea un lugar donde la música resuene potentemente y pinte las paredes de colores nunca vistos. Que sea fragante y nunca esté privada de la luz. Donde los silencios sean como el calor e inviten a una introspección de las que dejan sonriendo, dando gracias por lo que nos rodea. Donde las puertas reconozcan de inmediato a quienes estén verdaderamente deseosos de entrar, y sean invisibles para quienes no sepan cómo lidiar con lo que existe en el interior.

Demoler. Y volver a empezar, pero bien.

 

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Historia de la mujer demasiado hermosa

HISTORIA DE LA MUJER DEMASIADO HERMOSA

En la calle Bacacay vive una mujer muy hermosa. Tan hermosa que no es posible describir su aspecto, pues quien alcanza a verla se muere. La mujer está triste y desesperada.

Todas las noches se sienta frente al espejo y pasa largas horas tratando de afearse con estuques y carmines. Pero no hay nada que hacerle: cada día está más linda y más sola.

Su hermana —dicen— no vale gran cosa y sin embargo tiene uno o quizá dos novios.

Los muchachos valientes de Flores juran que son capaces de desafiar a la muerte con tal de ver a la mujer demasiado hermosa.

Pero siempre llaman a puertas equivocadas, donde los reciben señoritas vulgares o japoneses que no comprenden el idioma.

 

Crónicas del Ángel Gris – Alejandro Dolina

Entre los tantos cientos de textos que alguna vez he leído, este fragmento es uno de esos que me son imposibles de olvidar. Forma parte de un pequeño compendio de historias que aparecen en la crónica Los Narradores de Historias, en esta lucida (y siempre sorprendente, cada vez que la leo) obra de Dolina.

Lo leí por primera vez mientras hojeaba el libro a los ocho años, en unas vacaciones en Pinamar. Llovió tanto esos días, que no me quedó otra opción más que revolver la pila de libros que mi mamá llevaba a todas partes. Me llamó muchísimo la atención, y desde entonces, a cada nueva visita que le hago al libro, le encuentro una significación nueva.

Esto va a sonar muy pedante, en primera instancia, pero de todas maneras lo voy a decir.

No puedo evitar sentir una identificación con esta mujer. Notarán que el autor no la describe. No la delimita en un aspecto específico.  No nos dice si es morocha, si sus labios son carnosos y dulces, si sus ojos son rasgados e intensos. No nos dice nada, salvo el destino fatal de quien la observa.

Las imágenes son claras. Ella está atada por una realidad injusta, y oculta a perpetuidad tras una maraña de virtudes que la vedan de ser amada. Al lado de una imposible, las mujeres vulgares siempre ganan.

Su misma perfección la aleja de ser feliz. La idealidad que la reviste la vuelve un sinsentido insoportable. Y ella no quiere saber más nada con eso. Quiere ser vulgar, común, accesible.

Muchas veces me quedé sin entender, en lo personal, por qué tengo ese mismo problema. Me es imposible hacerme ver. Los pocos que lo logran, parten sin más. Contadas ocasiones me tuvieron a mí abriendo la puerta de salida. Pero en el resto de los casos, honestamente, no entiendo qué pasó.

Es entonces que mi ánimo se pone a saludar antípodas y, a la búsqueda de contención y respuestas, la gente que me quiere suele enfatizar todos esos ítems que me hacen hermosa, independientemente de los estándares físicos que imperan hoy por hoy. Algunas de estas personas me hacen pensar, casi, que soy perfecta… al menos hasta donde le puede llegar a incumbir a un hombre. No entender dónde están tus falencias tan terribles te mueve a pensar que no tenés nada para cambiar.

La mujer demasiado hermosa está harta de ser demasiado, y quisiera renunciar a todo lo que tiene con tal de ser aceptada.

Me gustaría poder exhortarla a desistir.

Quisiera convencerla, además, de tomar un curso de acción.

Uno es el de esperar que aparezca el kamikaze que, movido por el reto a descubrirla, soporte quizás penurias equivalentes a las suyas.

Otro es bajarse un poco de la torre de la inseguridad, y pisar de una vez ese mundo incómodo que en algún lugar tiene un rincón con su silueta. Donde pueda hacer la vida que quiera, siendo ella y nadie más. Donde pueda sacarse los rótulos que la marcaron de chica, y pueda sentirse como una mujer hermosa en todos los niveles, finalmente merecedora del amor.

El tercer curso de acción consiste en asumir verdad en los otros dos caminos, y elaborar por sí misma un tercero: entender que la búsqueda no es exclusivamente suya ni del otro. Y que de nada sirve esperar sentada bajo el temor de la fatalidad. Lo único viable es mover el torrente de sucesos con el simple hecho de salir a vivir.

Ojalá elijas esto último, mujer.

Lugares comunes a los que ir antes de morir

No sé en qué momento demonicé tanto el hablar de temas trillados. Llevo muchísimo tiempo rodeándome de gente que critica los llamados “lugares comunes”, olvidando que en la mayoría de los hitos de nuestra vida son los que nos ayudan a pararnos firmes y seguir, en definitiva, viviendo.

Así que, para rescatarme un poco de esta bruma de sensaciones que me paralizan, voy a ir a tomarme un café a un lugar común. El más común de todos, quizás.

Me cala hasta los huesos la cercanía de la muerte. Alguien que conozco desde chiquita, una persona genial, llena de energía desde que tengo uso de razón, sin muchas vueltas, se va a morir pronto. Quizás hoy. Quizás ahora mismo esté cerrando sus ojos por última vez .

 

De pronto todas mis cuestiones mentales, todos mis problemas, todos mis monstruos, se anulan. Me invade la sobrecogedora idea que mis grises ánimos valen lo mismo que una mentira. Mis problemas son mentira, no existen.

 

Muy pocas veces me detengo a pensar en lo joven y sana que soy, las cosas hermosas que presencié, y la infinidad de universos que me restan recorrer. Cada una de mis decisiones, en este tiempo, me van a conducir a realidades únicas; placenteras, adversas, incómodas, horribles, geniales. Cada decisión tomada comanda mis siguientes escenarios y me hará decidir, consecuentemente, sobre mi siguiente movida en el tablero.

 

Y yo acá, en un escritorio, escribiendo estas líneas, en una muestra igual de mi pasividad ante los eventos y las soluciones desesperadas de mi mente ante esa parálisis de la que hablaba recién. La vida me aterra de lo compleja y polifacética.

Pero, de igual manera, me maravilla y me hace necesitar encontrar la valentía de atravesarla. Urgente. Porque después pasan estas cosas, como tener que irte sin más; y si no tuviste las pelotas de comerte la vida cruda, como corresponde, el arrepentimiento será el sentimiento final.

 

No me quiero poner fatalista, pero la realidad es que los minutos son valiosos. El cuerpo y el alma exigen, a los gritos acallados por la rutina y la comodidad, que los viva como si no se repitieran. Y de hecho no lo hacen.

 

Es un lugar común incomodísimo, te digo, este de ponerte a pensar en la muerte y llegar a la conclusión de que tenés que vivir la vida.

 

Pero sirven un café excelente.

 

 

 

Es mejor así

Dicen que uno no puede elegir a quién querer.

 

Mi cabeza había pensado cosas preciosas; sentido deleites preliminares a momentos que nunca tendrían lugar; desarrollado el deseo irrefrenable de descubrirlo y querer cada uno de sus rincones, hasta los recovecos más desordenados de su cabeza, su corazón y su historia. En parte, hasta donde llegué a conocerlo, así lo hice.

 

Pero la verdad es que esto no me hace bien. No puedo más. Darme cuenta que le soy prescindible y ordinaria, una más, un desliz, una cuestión delicada de la cual mejor no hablar, es suficiente y excesiva justificación para detenerme en mis ilusiones.

 

Un hombre puede estar muy confundido, pero sabe lo que quiere cuando lo tiene adelante. Yo estuve en frente suyo, en sus narices. Y no supo quererme.

 

Es todo lo que necesito saber. Ahora quiero probar si se puede elegir a quién no querer.

 

Me voy. Es mejor así.

 

 

 

 

 

 

Born this way

God makes no mistakes.

 

Una vez más, doña GaGa acertó.

 

Las subitaneidades que la vida se toma la atribución de permitir nos hacen cuestionarnos, al menos una vez durante nuestra existencia (o muchas, en mi caso particular), por qué. Por qué esto, por qué nosotros, por qué acá, por qué ahora, justo ahora. No nos sentimos listos para responder a los golpes, pero sí los sentimos impactar directo en nuestro interior, provocando dolor, a veces dolor físico. El pecho se cierra. El aire no pasa. Los ojos arden, y los lagrimales hacen lo propio. Lo único que parece funcionar es el displacer y el desastre.

 

A veces es más difícil salir de este estado que de la situación que nos puso en él. Somos capaces de cualquier cosa; he sabido de hombres sin brazos que tocaban la guitarra. Paralíticos que caminaron con la sola y suficiente certeza de que podían volver a hacerlo. Bebés que estaban entregados a la muerte y abrieron sus ojos ante los ojos atónitos del mundo que los vio sin vida. Se puede, todo se puede, pero depende de una cosa. De darnos cuenta que somos tanto creadores de nuestra tribulación interna como de su ruta y plan de escape.

 

El soporte y el amor de quienes nos rodean es invaluable a la hora de salir del bajón. Pero lo cierto es que quienes controlan lo que pasa dentro nuestro somos, invariablemente, nosotros. Si no aprendemos a reconocer de qué estamos hechos, el volquete de virtudes que poseemos, y con mucha más razón nuestros defectos (a fin de superarlos), la salida jamás emergerá.

 

Dios no se equivoca. Nos dio libre albedrío porque quiso vernos elegir. Quiso vernos descubrir quiénes somos, por qué nacimos así; aprender a valorarnos tal y como somos; y superarnos cada momento bajo la premisa de disfrutar nuestro tiempo vivos.

 

Estuve triste. Pero no quiero volver a pensar que mi existencia no tiene sentido. Seré torpe, seré ingenua, seré una procrastinadora al borde de la cronicidad y más exagerada que personaje de Shakespeare; pero también soy (y tengo el potencial de ser) un montón de otras cosas que compensan con creces cada falencia. Y todos poseemos esa proporción de atributos, sólo que darse cuenta de esto y creérselo no le lleva a todo el mundo la misma cantidad de vida.

 

Me sentí un poco libro-de-autoayuda, pero qué carajo. Si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?

 

Pintada como una puerta

Este enunciado comparativo es el preferido de mi madre para indicarme que me excedí con el maquillaje.

He desarrollado una relación amor-odio con esta práctica. Por un lado, reconozco sus beneficios: las facciones se aclaran, la expresión se potencia, los accidentes cutáneos se disimulan. Pero por el otro, la que está debajo de todos esos pigmentos es una. La piel no respira de la misma manera, y excederse con las cantidades hace ver a la usuaria desde cansada hasta ridícula.

Muchos hombres que conozco, que si se encuentran leyendo estas líneas espero que digan presente, se pronuncian terminantemente en contra del maquillaje. Argumentos:

  • Apesta. Según ellos, si hay una cosa que los enfría al acercársenos es sentir el aroma sintético de las bases y polvos que tenemos en la cara.
  • Mancha. Así no tengan que ocultar evidencia de habérsenos acercado, no les hace gracia que les manchemos las camisas de marrón o los llenemos de brillitos.
  • Engaña. Sin ofender a ninguna dama aquí presente, la verdad es que muchas mujeres NO son las mismas luego de pasar por las brochas, lo cual hace que los hombres se sientan ciertamente estafados cuando finalmente emerge nuestro rostro al natural. Ejemplo:

No es lo mismo.

Claramente, no es lo mismo.

Encuentre las doce mil diferencias.

Dentro de la cantidad abrumadora de imágenes poco favorecedoras de las estrellas que Google expone, mi elección no fue casual. Seguramente ustedes las conocen: Eva Longoria, Hilary Duff y Penélope Cruz. Tres mujeres, como pueden ver, preciosas.

La diferencia entre sus fotos con y sin maquillaje es notoria, sí. Comparativamente, tendemos a quedarnos con la foto en la que están pintadas como una puerta.

Pero si tapás momentáneamente la foto “buena”, ¿qué pasa?

Son hermosas igual. Las tres.

Ya no me gusta tanto pensar en una transformación cada vez que leo o escucho sobre maquillaje. Páginas después, en la misma revista de moda, una psicóloga te exhorta a “ser vos misma”. ¿Hay algún balance en todo esto?

No voy a negar que me gusta cuando el tonalizador me afina un poco el contorno de la cara, o cómo desaparecen las marcas que dejan los dedos traviesos bajo el implacable corrector de imperfecciones. Pero meditándolo con un poco más de profundidad, dudo que se trate de corregirse una misma. En los once, quizás doce años que llevo prestándole atención a mi aspecto, aprendí que se trata de resaltar lo bueno, y no de obsesionarme en alcanzar una perfección que, aplicada a la belleza, pierde todo sentido. ¿En relación a qué somos perfectos? ¿quién o qué es el parámetro? Nadie, o tal vez… todos.

La subjetividad es la belleza de la belleza.

En lo personal, cada vez me maquillo menos. Se podría decir que para ocasiones especiales. En la mayoría de las situaciones en que me acuerdo del aspecto de mi cara, lo que hago es decorar los ojos en función del estilo de la ropa que use, y darle un poco de brillo al asunto con gloss labial. En general, busco mantener las facciones tal como están, usar muy pocos productos en muy pocas cantidades, haciendo foco en mis puntos fuertes.

El balance, entonces, se encuentra en que el maquillaje que use busque ser parte del atuendo que me gusta. No de mi actitud.

Saludos, y a las chicas les dejo en la puerta una botellita de demaquillante con pompones de algodón.