Rutina

Abro trabajosamente los ojos. No dormí bien. Mis músculos parecen rechinar y resienten los esfuerzos diarios del ejercicio, ese con el que tanto insistieron los doctores que comience de una vez. Giro tratando de recuperar la flexibilidad luego de las horas de pétreas posiciones. La gata trata de volver a acomodarse en la cama y, como reprochando el que la mueva de su huequito, me clava las uñas suavemente.

Lo primero que logro mover con cierta precisión son mis dedos, en dirección a donde dejé el teléfono, casi siempre bajo la almohada. Se dicen muchas cosas sobre esta costumbre, incluyendo palabras como peligroradiación cáncer. No presto atención, porque mi teléfono es también mi despertador y poco sentido tiene tenerlo lejos del alcance de los sentidos. Además, radiación o no, me gusta tenerlo cerca. Es mi ventana al mundo, ¿para qué negarlo? En ese sentir abro Twitter y ahí mismo empieza a mojar mis pies el líquido negro y espeso de la realidad.

En este ritual me transfiguro en una autómata, que necesita estimularse con datos, que reacciona cansinamente ante fotografías y frases ingeniosas, y quizás hasta se emociona con videos de seis segundos de duración. Que encuentra descarga de sus miserias interiores en un tecleo breve y espera la retroalimentación de otros autómatas que, por alguna misteriosa razón, la leen día tras día. Y a las dos horas, ya sintiéndome acalorada dentro de las sábanas y algo avergonzada por mi letargo, me levanto y enfrento el panorama de mi casa desordenada, que cumple -como puede- su rol de hogar. Luego toca alistarme para ir a trabajar y hacer girar la rueda férrea de la rutina, en la que descubro que mi verdadera yo, la que sueña, la que crea, la que se siente viva, hace tiempo que no está invitada.

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Temitas (I)

  1. Todo lo que pueda cerrar con llave, lo cierro con llave.
  2. Me hizo mal la expresión «levantarse con el pie izquierdo» porque no puedo bajarme de la cama apoyando un pie y luego el otro; para arrancar el día debo sentarme, girar y apoyar ambos pies en el piso.
  3. Tengo tantos cambios de humor al día como esmaltes de uñas. La última vez que los conté tenía 85 (ochenta y cinco).
  4. Hablo sola. Mucho.
  5. Tengo un odio visceral hacia una persona que casi siempre se toma el mismo colectivo que yo y se las ingenia para NUNCA pagar boleto. ODIO.
  6. Antes de salir me siento tentada de sacarme una foto con el atuendo del día y publicarla, en caso de tener que ser ubicada por la policía científica.
  7. En la misma ceremonia del punto anterior, me despido mentalmente de mi cara por si me toca sufrir un accidente con resultado de desfiguración.
  8. Nunca probé la cocaína pero el mate de la oficina me deja con un nivel de manija presuntamente similar.
  9. A las 2:45 a.m. me apago socialmente y abandono, en espíritu, cualquier reunión de más de tres personas en la que me encuentre.
  10. Pregono los beneficios de la dieta crudi-fruti-vegetariana y como más carne que el Turco Samid.
  11. No puedo dejarlo ir.

Acá no pasó nada

Tardé un mes y quince días en estallar.

Hace un mes y quince días me pasó lo peor que me pasó en la vida. Me tomó todo ese tiempo liberar las lágrimas y los gritos desesperados que nacieron en mí esa noche, pero callé.

Un hombre, una excusa de hombre, se cruzó conmigo en mi sábado 5 de noviembre, con la lisa y llana idea de aprovecharse de mí. De tocarme. De saciar sus instintos a expensas de mi condición de mujer, de pertenecer al sexo débil.

Supongo que más factores de los que puedo calcular en mi ignorancia hicieron que desistiera.

Ignoré su putrefacta voz diciéndome “quedate quietita”, forcejeando para huir mientras sus manos me agarraban del pelo, queriendo llevarme hacia un portón oscuro. Luché y grité con toda la fuerza de mis pulmones, sin parar. Me soltó. Corrí. Mientras aún gritaba y corría, miré hacia atrás, y lo vi yéndose en dirección contraria, con una impasibilidad perversa que nunca había visto antes. La de alguien que sabe perfectamente lo que hizo, y sabe aún mejor cómo salir impune: haciéndose el pelotudo. Acá no pasó nada.

Lo primero que hice cuando llegué al Carrefour de Velez Sarsfield, que estaba a escasos metros de donde sucedió esto, fue buscar ayuda. Acto seguido, fui a hacer la denuncia a la comisaría. Recordaba todos los detalles de su ropa, su tez, su contextura, su posible edad; pero no pude ver su cara, con lo cual haber hecho la denuncia sólo sirvió para paliar mi ira.

Los hombres culpables sin cara pasan por inocentes. Acá no pasó nada.

Los días transcurrieron. El temor visceral que sentía de sólo pisar la vereda todos los días, muy de a poco, se fue disipando. No tuve más remedio que seguir yendo a trabajar, tragándome el miedo, y apurando el ya apurado paso que me caracteriza al caminar. Tomo dos, tres colectivos, y si el destino está a más de dos cuadras de la bajada, busco una excusa de utilería y simplemente me quedo en mi casa. Segura, tras tres o cuatro cerraduras. Acá no pasó nada.

¿Pero sabés qué? Pasa. Mierda que pasa.

No podés vivir pensando que por el sólo hecho de ser mujer hoy te pueden matar. No podés ser parte de la ruleta rusa a la que juega un pobre tipo con complejos de inferioridad, que si te elige, hará lo que quiera con tu cuerpo y con tu dignidad, humillándote para enaltecerse. Para sentirse poderoso. Para saborear un control que de otra manera, como es un pobre pelotudo, no podría tener sobre nada.

No podemos seguir así.

A diario nos enteramos de infinidad de casos de violencia contra mujeres y chicos. Hombres poseídos por la furia y la locura, que arremeten contra los más débiles. Asesinan. Hieren. Violan. Algunos hasta se burlan de la justicia negando los hechos con sonrisas en el rostro. Se burlan de todos.

Si tuviera que elegir una reacción visceral ante esta realidad del orto, sería llenarle la poronga de plomo al tipo que me agarró el 5 de noviembre. Pero no. No tendría suficientes balas. Ni tampoco suficiente empatía como para reaccionar como uno de ellos.

Sólo puedo ser fiel a mí. Hacer las cosas a mi modo. Exponer lo que pienso a la espera de llegar a los ojos y oídos correctos.

Soy mujer. Tengo forma de mujer, pienso como mujer, hablo como mujer, siento como mujer. No puedo despojarme de eso como podría, tristemente, despojarme de mis pertenencias. No puedo, no quiero, me rehúso.

No quiero vivir en un mundo en el que mi integridad sea arrebatada en segundos, cuando peleé una vida por construirla y valorarla, sólo porque tengo tetas y culo.

No sé qué tiene que suceder para que las cosas cambien. Deseos envilecidos reinan en las miradas de la sociedad ante una mujer hermosa, inalcanzable, rebosante de sexualidad y expuesta hasta el útero, en todos los medios audiovisuales. ¿Qué nos queda a las que enfrentamos a esa sociedad, día a día? ¿Nos toca, acaso, ser el peor es nada de un tipo caliente y frustrado por una vida que le venden y que no se puede permitir?

No. Me niego.

No sé si alguno de los que me está leyendo tiene poder. No sé si acaso son influyentes en los medios que controlan esta cultura de la erotización de todo. No sé tampoco si son un Juan Pérez que tiene una o muchas hermanas.

En cualquier caso, a vos que me leés: si tenés la posibilidad de hacer algo por proteger a una mujer, hacelo. No la dejes caminar sola por la calle, en especial por la noche. Resguardala. Controlá que a donde vaya, llegue bien. Pedile que te avise dónde está. Abrazala, hacela sentir contenida. Enseñale a reconocer a quienes pueden lastimarla. No seas uno de ellos, gritándole a extrañas lo fuerte que te las garcharías. Sé un verdadero hombre. Decile y hacele sentir cuánto vale, cuán preciada es su vida y cuán orgullosa debe sentirse de ser quien es. Fortalecela. Está para ella, cuando lo necesite.

Somos un sexo frágil, pero no débil. Somos capaces de hacer grandes cosas. Cuídennos y las verán surgir.

La etapa de los por qué (cosas que nunca voy a entender)

Por qué los colectivos no vienen con un tachito de basura que me evite tener en la mano esa botellita vacía que mi instinto de decencia no me permite tirar por la ventanilla.

Por qué no puedo admitir a nadie que no se parezca a él.

Por qué nos invade la desidia en ocasiones.

Por qué nos pesan tanto los domingos.

Por qué el que sabe sabe, y el que no, es jefe.

Por qué me duele tanto pararme derecha.

Por qué Dios permitió que se rompiera el termotanque.

Qué es lo que convierte en indeseable a una persona atenta, cordial y comprometida y en deseable –imprescindible, incluso- a otra que ignora y hiere todo lo que somos.

Por qué no me crece el pelo más allá de los omóplatos desde el año 1997.

Por qué el hombre le teme al compromiso.

Por qué la mujer le teme al compromiso.

En qué momento el dinero dejó de ser un medio para convertirse en un objetivo, por el cual daríamos y tomaríamos la vida, nuestra y ajena.

Por qué hay tantas correas de distribución en las banquinas del Acceso Oeste.

Por qué esa uña del dedo del pie derecho tiene una mancha negra, desde hace años.

Por qué me obstino en hacer lo que siento que está bien y no lo que sé que está bien, ante la realidad irrefutable de los resultados en mi contra.

Por qué tengo gente que me lee, me sigue, y quizás hasta que me admira; y, en simultáneo, me siento abrumadoramente sola.

Por qué nada me es suficientemente intenso y memorable.

Por qué necesito saberlo y entenderlo todo.