Rutina

Abro trabajosamente los ojos. No dormí bien. Mis músculos parecen rechinar y resienten los esfuerzos diarios del ejercicio, ese con el que tanto insistieron los doctores que comience de una vez. Giro tratando de recuperar la flexibilidad luego de las horas de pétreas posiciones. La gata trata de volver a acomodarse en la cama y, como reprochando el que la mueva de su huequito, me clava las uñas suavemente.

Lo primero que logro mover con cierta precisión son mis dedos, en dirección a donde dejé el teléfono, casi siempre bajo la almohada. Se dicen muchas cosas sobre esta costumbre, incluyendo palabras como peligroradiación cáncer. No presto atención, porque mi teléfono es también mi despertador y poco sentido tiene tenerlo lejos del alcance de los sentidos. Además, radiación o no, me gusta tenerlo cerca. Es mi ventana al mundo, ¿para qué negarlo? En ese sentir abro Twitter y ahí mismo empieza a mojar mis pies el líquido negro y espeso de la realidad.

En este ritual me transfiguro en una autómata, que necesita estimularse con datos, que reacciona cansinamente ante fotografías y frases ingeniosas, y quizás hasta se emociona con videos de seis segundos de duración. Que encuentra descarga de sus miserias interiores en un tecleo breve y espera la retroalimentación de otros autómatas que, por alguna misteriosa razón, la leen día tras día. Y a las dos horas, ya sintiéndome acalorada dentro de las sábanas y algo avergonzada por mi letargo, me levanto y enfrento el panorama de mi casa desordenada, que cumple -como puede- su rol de hogar. Luego toca alistarme para ir a trabajar y hacer girar la rueda férrea de la rutina, en la que descubro que mi verdadera yo, la que sueña, la que crea, la que se siente viva, hace tiempo que no está invitada.

La etapa de los por qué (cosas que nunca voy a entender)

Por qué los colectivos no vienen con un tachito de basura que me evite tener en la mano esa botellita vacía que mi instinto de decencia no me permite tirar por la ventanilla.

Por qué no puedo admitir a nadie que no se parezca a él.

Por qué nos invade la desidia en ocasiones.

Por qué nos pesan tanto los domingos.

Por qué el que sabe sabe, y el que no, es jefe.

Por qué me duele tanto pararme derecha.

Por qué Dios permitió que se rompiera el termotanque.

Qué es lo que convierte en indeseable a una persona atenta, cordial y comprometida y en deseable –imprescindible, incluso- a otra que ignora y hiere todo lo que somos.

Por qué no me crece el pelo más allá de los omóplatos desde el año 1997.

Por qué el hombre le teme al compromiso.

Por qué la mujer le teme al compromiso.

En qué momento el dinero dejó de ser un medio para convertirse en un objetivo, por el cual daríamos y tomaríamos la vida, nuestra y ajena.

Por qué hay tantas correas de distribución en las banquinas del Acceso Oeste.

Por qué esa uña del dedo del pie derecho tiene una mancha negra, desde hace años.

Por qué me obstino en hacer lo que siento que está bien y no lo que sé que está bien, ante la realidad irrefutable de los resultados en mi contra.

Por qué tengo gente que me lee, me sigue, y quizás hasta que me admira; y, en simultáneo, me siento abrumadoramente sola.

Por qué nada me es suficientemente intenso y memorable.

Por qué necesito saberlo y entenderlo todo.

La sangre harta y el porqué ausente

No hay palabra o frase capaz de romper la barrera entre su despliegue y la nada que impera cuando no lo hace. No hay actos premeditados que lo dobleguen. No hay sonido ni fragancia que lo materialice.

 

Nunca hubo método válido para hacer suceder al amor.

 

Ahora que lo sé, sigue sin ser fácil. Trago saliva. Lo sé, pero no lo entiendo. No entiendo esta realidad que no te contiene. No entiendo por qué te conocí, por qué todo. La sangre camina en círculos adentro mío, harta, amarga, pidiéndome explicaciones. Dirección. Objetivo. Finalidad.

 

Quiero mi porqué. O, en su defecto, a vos.

Renuncio

Más allá de sus funciones usuales en mi supervivencia, mis vísceras se toman atribuciones que traspasan la frontera de lo físico. Cuando hay algo que no anda bien, cuando estoy en un lugar en el que no debo estar, inmediatamente me avisan mediante una especie de revolución interna.

 

Intuición, que le dicen. Suelo hacerle caso. Tengo un organismo persuasivo.

 

Renunciar o jugarse. Dos opuestos con igual costo de oportunidad. Y aunque tenga la responsabilidad de los choques que produzca en mis volantazos de voluntad, no me arrepiento de cambiar el rumbo. Es preciso ser fiel a uno mismo, antes que a un deseo falso, en el que no se tiene fe.

 

Renuncio. Necesito toda la energía posible para intentar ser feliz.

Lugares comunes a los que ir antes de morir

No sé en qué momento demonicé tanto el hablar de temas trillados. Llevo muchísimo tiempo rodeándome de gente que critica los llamados “lugares comunes”, olvidando que en la mayoría de los hitos de nuestra vida son los que nos ayudan a pararnos firmes y seguir, en definitiva, viviendo.

Así que, para rescatarme un poco de esta bruma de sensaciones que me paralizan, voy a ir a tomarme un café a un lugar común. El más común de todos, quizás.

Me cala hasta los huesos la cercanía de la muerte. Alguien que conozco desde chiquita, una persona genial, llena de energía desde que tengo uso de razón, sin muchas vueltas, se va a morir pronto. Quizás hoy. Quizás ahora mismo esté cerrando sus ojos por última vez .

 

De pronto todas mis cuestiones mentales, todos mis problemas, todos mis monstruos, se anulan. Me invade la sobrecogedora idea que mis grises ánimos valen lo mismo que una mentira. Mis problemas son mentira, no existen.

 

Muy pocas veces me detengo a pensar en lo joven y sana que soy, las cosas hermosas que presencié, y la infinidad de universos que me restan recorrer. Cada una de mis decisiones, en este tiempo, me van a conducir a realidades únicas; placenteras, adversas, incómodas, horribles, geniales. Cada decisión tomada comanda mis siguientes escenarios y me hará decidir, consecuentemente, sobre mi siguiente movida en el tablero.

 

Y yo acá, en un escritorio, escribiendo estas líneas, en una muestra igual de mi pasividad ante los eventos y las soluciones desesperadas de mi mente ante esa parálisis de la que hablaba recién. La vida me aterra de lo compleja y polifacética.

Pero, de igual manera, me maravilla y me hace necesitar encontrar la valentía de atravesarla. Urgente. Porque después pasan estas cosas, como tener que irte sin más; y si no tuviste las pelotas de comerte la vida cruda, como corresponde, el arrepentimiento será el sentimiento final.

 

No me quiero poner fatalista, pero la realidad es que los minutos son valiosos. El cuerpo y el alma exigen, a los gritos acallados por la rutina y la comodidad, que los viva como si no se repitieran. Y de hecho no lo hacen.

 

Es un lugar común incomodísimo, te digo, este de ponerte a pensar en la muerte y llegar a la conclusión de que tenés que vivir la vida.

 

Pero sirven un café excelente.

 

 

 

Born this way

God makes no mistakes.

 

Una vez más, doña GaGa acertó.

 

Las subitaneidades que la vida se toma la atribución de permitir nos hacen cuestionarnos, al menos una vez durante nuestra existencia (o muchas, en mi caso particular), por qué. Por qué esto, por qué nosotros, por qué acá, por qué ahora, justo ahora. No nos sentimos listos para responder a los golpes, pero sí los sentimos impactar directo en nuestro interior, provocando dolor, a veces dolor físico. El pecho se cierra. El aire no pasa. Los ojos arden, y los lagrimales hacen lo propio. Lo único que parece funcionar es el displacer y el desastre.

 

A veces es más difícil salir de este estado que de la situación que nos puso en él. Somos capaces de cualquier cosa; he sabido de hombres sin brazos que tocaban la guitarra. Paralíticos que caminaron con la sola y suficiente certeza de que podían volver a hacerlo. Bebés que estaban entregados a la muerte y abrieron sus ojos ante los ojos atónitos del mundo que los vio sin vida. Se puede, todo se puede, pero depende de una cosa. De darnos cuenta que somos tanto creadores de nuestra tribulación interna como de su ruta y plan de escape.

 

El soporte y el amor de quienes nos rodean es invaluable a la hora de salir del bajón. Pero lo cierto es que quienes controlan lo que pasa dentro nuestro somos, invariablemente, nosotros. Si no aprendemos a reconocer de qué estamos hechos, el volquete de virtudes que poseemos, y con mucha más razón nuestros defectos (a fin de superarlos), la salida jamás emergerá.

 

Dios no se equivoca. Nos dio libre albedrío porque quiso vernos elegir. Quiso vernos descubrir quiénes somos, por qué nacimos así; aprender a valorarnos tal y como somos; y superarnos cada momento bajo la premisa de disfrutar nuestro tiempo vivos.

 

Estuve triste. Pero no quiero volver a pensar que mi existencia no tiene sentido. Seré torpe, seré ingenua, seré una procrastinadora al borde de la cronicidad y más exagerada que personaje de Shakespeare; pero también soy (y tengo el potencial de ser) un montón de otras cosas que compensan con creces cada falencia. Y todos poseemos esa proporción de atributos, sólo que darse cuenta de esto y creérselo no le lleva a todo el mundo la misma cantidad de vida.

 

Me sentí un poco libro-de-autoayuda, pero qué carajo. Si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?