Temitas (I)

  1. Todo lo que pueda cerrar con llave, lo cierro con llave.
  2. Me hizo mal la expresión «levantarse con el pie izquierdo» porque no puedo bajarme de la cama apoyando un pie y luego el otro; para arrancar el día debo sentarme, girar y apoyar ambos pies en el piso.
  3. Tengo tantos cambios de humor al día como esmaltes de uñas. La última vez que los conté tenía 85 (ochenta y cinco).
  4. Hablo sola. Mucho.
  5. Tengo un odio visceral hacia una persona que casi siempre se toma el mismo colectivo que yo y se las ingenia para NUNCA pagar boleto. ODIO.
  6. Antes de salir me siento tentada de sacarme una foto con el atuendo del día y publicarla, en caso de tener que ser ubicada por la policía científica.
  7. En la misma ceremonia del punto anterior, me despido mentalmente de mi cara por si me toca sufrir un accidente con resultado de desfiguración.
  8. Nunca probé la cocaína pero el mate de la oficina me deja con un nivel de manija presuntamente similar.
  9. A las 2:45 a.m. me apago socialmente y abandono, en espíritu, cualquier reunión de más de tres personas en la que me encuentre.
  10. Pregono los beneficios de la dieta crudi-fruti-vegetariana y como más carne que el Turco Samid.
  11. No puedo dejarlo ir.

La etapa de los por qué (cosas que nunca voy a entender)

Por qué los colectivos no vienen con un tachito de basura que me evite tener en la mano esa botellita vacía que mi instinto de decencia no me permite tirar por la ventanilla.

Por qué no puedo admitir a nadie que no se parezca a él.

Por qué nos invade la desidia en ocasiones.

Por qué nos pesan tanto los domingos.

Por qué el que sabe sabe, y el que no, es jefe.

Por qué me duele tanto pararme derecha.

Por qué Dios permitió que se rompiera el termotanque.

Qué es lo que convierte en indeseable a una persona atenta, cordial y comprometida y en deseable –imprescindible, incluso- a otra que ignora y hiere todo lo que somos.

Por qué no me crece el pelo más allá de los omóplatos desde el año 1997.

Por qué el hombre le teme al compromiso.

Por qué la mujer le teme al compromiso.

En qué momento el dinero dejó de ser un medio para convertirse en un objetivo, por el cual daríamos y tomaríamos la vida, nuestra y ajena.

Por qué hay tantas correas de distribución en las banquinas del Acceso Oeste.

Por qué esa uña del dedo del pie derecho tiene una mancha negra, desde hace años.

Por qué me obstino en hacer lo que siento que está bien y no lo que sé que está bien, ante la realidad irrefutable de los resultados en mi contra.

Por qué tengo gente que me lee, me sigue, y quizás hasta que me admira; y, en simultáneo, me siento abrumadoramente sola.

Por qué nada me es suficientemente intenso y memorable.

Por qué necesito saberlo y entenderlo todo.

Dulce Noviembre tu vieja

Viene desde hace años. El odio hacia noviembre está firmemente arraigado en mí, pese a entender lo estúpido que es temerle a un período de tiempo. Un tiempo que, como ya reflexioné unos cuantos posts atrás, sirve para implementar acciones que redefinan el futuro.

El tema es que noviembre es un jodido bárbaro igual, y llevo años tratando de entender (de verdad) cuál es el problema que tiene conmigo. Desconozco si durante noviembre mi gestación fue turbulenta y me quedó una impronta de incomodidad y dolor, pero es una teoría bastante firme.

Noviembre es, históricamente, el mes en el que más roto he tenido el corazón, en que más he llorado y en el que más ajustado ha estado mi presupuesto. Absurdo pero real.

Me da un poco de vergüenza admitir que, teniendo libre albedrío y todas mis capacidades en plena forma (bueno, casi todas), me preocupe el advenimiento de noviembre. ¿No debería acaso tomar el toro por las astas, y resolver los problemas en vez de quejarme tanto?

Hell yeah.

(eso sí, voy a necesitar refuerzos)

Death List

Los voy a matar. Uno por uno, hasta reducirlos a recuerdos.

1)

(No, no estoy hablando de hombres, todavía no estoy tan enferma)

  • Procrastinación crónica. Es como tener pinchado el tanque de nafta: no sólo te impide avanzar sino que perdés plata. Un poco está bien, es normal. Pero nunca fueron buenos los excesos. Pará de parar.
  • Indecisión. A o B (o C, o D…). Boch is cort. Si no hay decisión, no hay acción, no al menos una que puedas medir y controlar. Vivir de manera aleatoria está bueno cuando sos la protagonista enferma de cáncer terminal en una película, pero no cuando sos una joven porteña en vías de desarrollo. Dejate de joder, piba. Decidí. Actuá.
  • Transparencia patológica. Me veo incapaz de guardarme la información. No voy a empezar a echarle la culpa a las redes sociales; me pasó toda la vida y es mi exclusiva responsabilidad. Nadie necesita saberlo todo sobre mí. ¿Para qué contarlo? ¿Realmente tenés que contarle al mundo de todos los tipos que te dejaron? ¿Qué le importa al ñato que llamó por teléfono a tu viejo que salió a comprar VIRULANA? ¿No podés decir simplemente “salió”? ¿Tenés que avisar que te indispusiste vía Twitter? ¿Acaso alguien va a mandarte tampones o ibuevanoles por direct message? Y la lista es interminable. Hay que dejar la indiscreción por dos, tres, cincuenta años.

No será fácil. Puede ser una cacería de toda la vida. Pero lo importante ya está: hice los identikits. En cuanto tenga la oportunidad, en cuanto los tenga enfrente… se les termina la joda, muchachos.