Demolición

Todos los informes de seguridad edilicia han llegado a la misma conclusión: esto se viene abajo.

Sin importar cuánto se gaste en mejoras en la fachada, las instalaciones están castigadas por el tiempo, el maltrato y las tensiones eléctricas anormales. Las paredes han soportado todo lo que han podido, pero las pérdidas de agua (extrañamente, agua salada) se ocuparon de humedecerlas al punto de generar una erosión irreversible. Hasta los propios cimientos se han aflojado y vuelto inestables para soportar el peso de la construcción.

Todo lo que habita el interior de este edificio, así como los vecinos y los transeúntes que pasan todos los días junto a él, corre serio peligro si no se toman medidas urgentes.

Hay que demoler.

Demoler las frustraciones, entendiendo que no hay mandato que me afecte si lo que busco es distinto de lo que éste me promete.

Tirar abajo todo lo que pretende devaluarme como mujer solo porque mi moldería es fastidiosamente inédita, siendo quizás esta la mejor muestra de mi invaluabilidad.

Implosionar con violencia, hasta que el núcleo de la Tierra se haga eco, las propias mentiras y amenazas que me mantuvieron encadenada y de lo cual soy la única responsable.

Que no quede nada de lo que me ha convertido en la nada.

Después, sobre las tierras removidas y vacías, eventualmente, empezar una obra nueva, fuerte, pura, única y destinada a tener muchos destinos. Que sea una cocina. Que sea un lugar donde la música resuene potentemente y pinte las paredes de colores nunca vistos. Que sea fragante y nunca esté privada de la luz. Donde los silencios sean como el calor e inviten a una introspección de las que dejan sonriendo, dando gracias por lo que nos rodea. Donde las puertas reconozcan de inmediato a quienes estén verdaderamente deseosos de entrar, y sean invisibles para quienes no sepan cómo lidiar con lo que existe en el interior.

Demoler. Y volver a empezar, pero bien.

 

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Acá no pasó nada

Tardé un mes y quince días en estallar.

Hace un mes y quince días me pasó lo peor que me pasó en la vida. Me tomó todo ese tiempo liberar las lágrimas y los gritos desesperados que nacieron en mí esa noche, pero callé.

Un hombre, una excusa de hombre, se cruzó conmigo en mi sábado 5 de noviembre, con la lisa y llana idea de aprovecharse de mí. De tocarme. De saciar sus instintos a expensas de mi condición de mujer, de pertenecer al sexo débil.

Supongo que más factores de los que puedo calcular en mi ignorancia hicieron que desistiera.

Ignoré su putrefacta voz diciéndome “quedate quietita”, forcejeando para huir mientras sus manos me agarraban del pelo, queriendo llevarme hacia un portón oscuro. Luché y grité con toda la fuerza de mis pulmones, sin parar. Me soltó. Corrí. Mientras aún gritaba y corría, miré hacia atrás, y lo vi yéndose en dirección contraria, con una impasibilidad perversa que nunca había visto antes. La de alguien que sabe perfectamente lo que hizo, y sabe aún mejor cómo salir impune: haciéndose el pelotudo. Acá no pasó nada.

Lo primero que hice cuando llegué al Carrefour de Velez Sarsfield, que estaba a escasos metros de donde sucedió esto, fue buscar ayuda. Acto seguido, fui a hacer la denuncia a la comisaría. Recordaba todos los detalles de su ropa, su tez, su contextura, su posible edad; pero no pude ver su cara, con lo cual haber hecho la denuncia sólo sirvió para paliar mi ira.

Los hombres culpables sin cara pasan por inocentes. Acá no pasó nada.

Los días transcurrieron. El temor visceral que sentía de sólo pisar la vereda todos los días, muy de a poco, se fue disipando. No tuve más remedio que seguir yendo a trabajar, tragándome el miedo, y apurando el ya apurado paso que me caracteriza al caminar. Tomo dos, tres colectivos, y si el destino está a más de dos cuadras de la bajada, busco una excusa de utilería y simplemente me quedo en mi casa. Segura, tras tres o cuatro cerraduras. Acá no pasó nada.

¿Pero sabés qué? Pasa. Mierda que pasa.

No podés vivir pensando que por el sólo hecho de ser mujer hoy te pueden matar. No podés ser parte de la ruleta rusa a la que juega un pobre tipo con complejos de inferioridad, que si te elige, hará lo que quiera con tu cuerpo y con tu dignidad, humillándote para enaltecerse. Para sentirse poderoso. Para saborear un control que de otra manera, como es un pobre pelotudo, no podría tener sobre nada.

No podemos seguir así.

A diario nos enteramos de infinidad de casos de violencia contra mujeres y chicos. Hombres poseídos por la furia y la locura, que arremeten contra los más débiles. Asesinan. Hieren. Violan. Algunos hasta se burlan de la justicia negando los hechos con sonrisas en el rostro. Se burlan de todos.

Si tuviera que elegir una reacción visceral ante esta realidad del orto, sería llenarle la poronga de plomo al tipo que me agarró el 5 de noviembre. Pero no. No tendría suficientes balas. Ni tampoco suficiente empatía como para reaccionar como uno de ellos.

Sólo puedo ser fiel a mí. Hacer las cosas a mi modo. Exponer lo que pienso a la espera de llegar a los ojos y oídos correctos.

Soy mujer. Tengo forma de mujer, pienso como mujer, hablo como mujer, siento como mujer. No puedo despojarme de eso como podría, tristemente, despojarme de mis pertenencias. No puedo, no quiero, me rehúso.

No quiero vivir en un mundo en el que mi integridad sea arrebatada en segundos, cuando peleé una vida por construirla y valorarla, sólo porque tengo tetas y culo.

No sé qué tiene que suceder para que las cosas cambien. Deseos envilecidos reinan en las miradas de la sociedad ante una mujer hermosa, inalcanzable, rebosante de sexualidad y expuesta hasta el útero, en todos los medios audiovisuales. ¿Qué nos queda a las que enfrentamos a esa sociedad, día a día? ¿Nos toca, acaso, ser el peor es nada de un tipo caliente y frustrado por una vida que le venden y que no se puede permitir?

No. Me niego.

No sé si alguno de los que me está leyendo tiene poder. No sé si acaso son influyentes en los medios que controlan esta cultura de la erotización de todo. No sé tampoco si son un Juan Pérez que tiene una o muchas hermanas.

En cualquier caso, a vos que me leés: si tenés la posibilidad de hacer algo por proteger a una mujer, hacelo. No la dejes caminar sola por la calle, en especial por la noche. Resguardala. Controlá que a donde vaya, llegue bien. Pedile que te avise dónde está. Abrazala, hacela sentir contenida. Enseñale a reconocer a quienes pueden lastimarla. No seas uno de ellos, gritándole a extrañas lo fuerte que te las garcharías. Sé un verdadero hombre. Decile y hacele sentir cuánto vale, cuán preciada es su vida y cuán orgullosa debe sentirse de ser quien es. Fortalecela. Está para ella, cuando lo necesite.

Somos un sexo frágil, pero no débil. Somos capaces de hacer grandes cosas. Cuídennos y las verán surgir.

Renuncio

Más allá de sus funciones usuales en mi supervivencia, mis vísceras se toman atribuciones que traspasan la frontera de lo físico. Cuando hay algo que no anda bien, cuando estoy en un lugar en el que no debo estar, inmediatamente me avisan mediante una especie de revolución interna.

 

Intuición, que le dicen. Suelo hacerle caso. Tengo un organismo persuasivo.

 

Renunciar o jugarse. Dos opuestos con igual costo de oportunidad. Y aunque tenga la responsabilidad de los choques que produzca en mis volantazos de voluntad, no me arrepiento de cambiar el rumbo. Es preciso ser fiel a uno mismo, antes que a un deseo falso, en el que no se tiene fe.

 

Renuncio. Necesito toda la energía posible para intentar ser feliz.

Planeamiento 2011

El gobierno de Mundo Ce, en un ataque poco creíble de ejercicio del derecho de autodeterminación de los pueblos, ha decidido lanzar su plan de acción inmediato para el recién estrenado 2011.

Para un análisis sencillo por parte de los lectores, he decidido exponer dicho plan estableciendo un orden mínimo de prioridad, factibilidad y grado de fantasía de su cumplimiento.

Categoría 1: Corto plazo (mañana empiezo)

  • Gimnasio. Es acá en la esquina. Si no empiezo soy la peor basura desde la gaseosa Nativa.
  • Dieta. No siendo ya tolerable la flojera cárnica actual, complementario al ejercicio físico aplicaré el ajuste inmediato de la cantidad y calidad de los alimentos. La corto con el pan, con la gaseosa (con azúcar), con los panqueques y con los congelados. No me he expedido aún sobre las achuras.
  • Desorganización. Me compré una agenda de $60. La tengo que amortizar. Además está buena para simular que tenés una vida cuando la sacás en un barcito. Si te reíste es porque probablemente hagas lo mismo. Bueno, puede que no. Quereme igual.

Categoría 2: Mediano plazo (en marzo hablamos)

  • Estudios. A la presidente le dio por querer estudiar Derecho. Tanta lucha legal con las instituciones financieras (y brillantes antecedentes en la interpretación de las leyes en experiencias académicas anteriores) hicieron que me decida a meterme UNA VEZ MÁS en la prestigiosa Universidad de Buenos Aires. No me deseen suerte; deséenme un día con 32 horas.
  • Música. No es justo que sólo ustedes sean acosados por mi escalonada y desprolija voz. Es tiempo de llevarla hacia los oídos de los productores musicales. Demo mediante, que no he grabado todavía, lo haré posible.
  • Blogging regular. Cuando lancé el dominio mundoce.com.ar, prometí ofrecer contenido. Como mi vida personal no se ha convertido en una vorágine de reflexiones escritas, será mejor que empiece de una vez a hablar sobre cosas que pasan afuera de Mundo Ce. Se aceptan sugerencias.

Categoría 3: Largo plazo (cuando se hiele el infierno o se retire Tinelli, lo que ocurra primero)

  • Independencia. Me cuesta un poco estar sola. Más allá de disfrutar aquellos momentos en que la casa está en silencio y mi desorden organizado, la edad ya me está pidiendo que someta a la persona a la experiencia de sostenerse por su cuenta, dejando de lado el hecho de estar cómoda viviendo con mi familia. Hablando de cuentas, ahora no me cierran como para irme a vivir sola. No deja de ser, igualmente, un objetivo para cuando se den las condiciones.
  • Pareja. Prefiero no dar demasiados detalles; esto es simplemente un… deseo.
  • Aprender a manejar. No sé para qué. No tengo auto, no tengo ningún lugar al que necesite ir en auto y no podría mantener un auto. Pero saber no ocupa lugar, dicen.

Estas cosas son bastante personales; ninguno tiene por qué saber que estoy rellenita, soltera y sin estudiar. Pero el tener una suerte de presión externa me ayuda a ponerle pilas al cumplimiento de estas metas que, aunque no son nada espectacular, me van a hacer sentir bien. Punto. La idea es esa. Estar y sentirse bien.

Cuento con ustedes para que me peguen una palmada en la nuca cuando me vean evadiendo cualquiera de estos proyectitos. Gracias.

Caos en la ciudad

Las cabezas humanas suelen ser un despelote.

Ante un magnífico caos, solemos enloquecer o bien encontrar el orden oculto dentro de ese caos. Como desenredarlo es demasiado difícil, optamos por hacer un esfuerzo más pequeño y aprender a vivir en medio del bardo. El hombre es un animal de costumbre, ponele.

Lo que pasa es que, eventualmente, el caos retoma su naturaleza conflictiva y tu desorden-ordenado ya no te alcanza para estar en paz. Acostumbrarte animalmente (?) no te sirve más, y es entonces que la mente pasa a asemejarse, por no poder ilustrarlo mejor, a un cumpleaños de mono.

Así estamos. Hay caos mental, hay una habilidad sobrenatural para adaptarse a las situaciones adversas (o lisa y llanamente incómodas), y ahora mismo hay una imposibilidad de compatibilizar estos dos hechos.

Quiero hacer cosas distintas. Quiero verme distinta. Me aburre el estatismo y odio conformarme, más cuando negocié mal y di mucho sólo para estar incómoda. Preciso variar.

Aunque eso signifique cambiar un caos por otro caos.

Del uso de las timelines

Hoy me ocupa hablar de un concepto abstracto, inimaginable, y a la vez imprescindible, sin el cual entender nuestra existencia sería prácticamente imposible.

El tiempo.

La Real Academia Española lo define como la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Es la base para entender los sucesos físicos que mueven y hacen latir este universo, incluyendo de manera obvia –pero no exclusivamente- nuestra vida.

El tiempo no hace otra cosa que transcurrir. Ni siquiera es que transcurre; es eso que hay en medio de dos o más sucesos. Es algo que el cerebro humano creó y no es capaz de imaginar. Y es, a su vez, un algo lleno de atributos, tanto buenos como terribles.

El tiempo cura todas las heridas, el tiempo es tirano, el tiempo es dinero, el tiempo es implacable, eltiempo.es (?)


Hagamos un análisis superficial del mismo, desde nuestra realidad como individuos, ya que hay bastante tela para cortar al respecto y no me da la cabeza como para analizar el paso del tiempo en magnitudes planetarias (tampoco como para hacer más de 37.000 puntos en el Bouncing Balls de Facebook, entre otras cosas).

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¡Mórfosis, amigos!

Si no entendés el título del posteo, no tuviste infancia.

O sencillamente no te gustaban los Power Rangers.

La mayoría de las mujeres no paramos de cambiar. Desde la ropa que nos ponemos a diario (llamo a colación al “No tengo nada para ponerme” el cual suele derivar en la muerte de la de plástico, producto del impacto con los posnet del Alto Palermo) hasta el estado de ánimo. Convengamos que estas cosas entran en los cánones de la normalidad. Somos así. Las minitah somos así.

Pero ¿qué pasa cuando esto del cambio va más allá?

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